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lunes, 5 de abril de 2021

Arno (6.180 dm), la alegría de la compañía

 El martes, 30 de marzo, rebuscamos las botas en el fondo del armario para ir hasta el barrio de Olatz (Mutriku) con la intención de subir a Arno (6.180 dm). Tenía mis dudas sobre nuestra (mi) forma física después de tanta inactividad pero no nos (me) fue tan mal.

Llegamos al filo de la nueve y dejamos el coche junto a la ermita de San Isidro. La larga pandemia había traído un par de cambios para este nuevo reinicio. Por un lado, el redesayuno, que quedaba en barbecho en espera de mejores aires, por otro, las nuevas botas de Aimar, que buscaban su bautismo de caliza. 

Comenzamos a caminar disfrutando del precioso paisaje del valle cerrado. Un lugar donde la obsolescencia programada no ha conseguido llegar.


El andar era pausado. Hacía mucho que no sentíamos ese frescor matutino y parecía que no quisiéramos salir de ahí y emprender la ruta.


Encaramos un repecho y llegamos a la carretera. Sin embargo, antes de cruzarla, lo vi salir del camino de enfrente. Un precioso cachorro de perro pastor, de raza indefinida, se nos acercaba y empezaba a hacer buenas migas con nosotros. En un primer momento pensé que precedía a su dueño pero, tras esperar un tiempo y ver que no venía nadie, supuse que sería de algún caserío cercano. 

Continuamos la recién iniciada ruta y nuestro nuevo amigo nos siguió. 



Pasamos del camino a una pista y nuestro compañero seguía con nosotros. Cruzamos vallas, cogimos altura, entramos en terrero kárstico y la confianza cada vez era mayor. Cuando parábamos se dejaba acariciar e, inquieto, saltaba y jugaba con los muchachos. 

Empezamos a buscarle un nombre. 

Llegamos, no sin esfuerzo, a Arno Gurutzea (6.010 dm) pero no nos detuvimos y seguimos hasta el crómlech de hormigón cercano. Desde ahí, descendimos zarceando hasta el refugio y emprendimos el último repecho. Cuando alcanzamos la cumbre de Arno, dejamos las mochilas y comenzamos a hacernos fotos. La discusión terminó junto al buzón cimero y dimos por buena la opción de Asier: nuestro amigo se llamaría Arno.



Comimos, los cinco, y descansamos un buen rato antes de emprender el regreso. El descenso fue un contínuo disfrute con Arno que se tornó en pena según divisamos el final de nuestra ruta. Alargamos la despedida ralentizando el paso y nos despedimos viendo el oleaje, no de la costa cercana sino del mar de hierba, antes de abandonar el valle.



PD: Mi amigo, Jesus Mari, me ha dicho que es un cruce de Border Collie y pastor vasco.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Zorionak.
El Arno no lo conozco, vaya.
Agur bat
Inaki

Sergio dijo...

También era zona nueva para nosotros.