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martes, 14 de julio de 2020

Sombra

Sombra, la gata de mi leñera, ha tenido cachorros. La vida es dura para los gatos de pueblo y ya solo uno acompaña a Sombra en sus incursiones. El negro cachorro luce, como ella, un pequeño mechón cano en su pecho y huye en cuanto siente el más mínimo peligro. Cuando corre, apenas roza el suelo hasta que entra en uno de los aliviaderos del muro; aún no le hemos visto entrar; aún no le hemos visto salir.


Un plato ámbar irrompible espera a Sombra a la puerta de casa. Es un plato más antiguo que ella, es un plato más antiguo que yo. La gata come en un silencio que se torna ronroneo cuando los muchachos acarician su lomo y se va sin despedirse a buscar a su cachorro huido .


El paso felino es hipnótico y la perdemos de vista mientras baja la escalera. Un maullido sin contestar llama a la mesa. Dejamos a la familia en la intimidad de la cena infantil y evitamos molestar lo que suponemos la antesala de una noche de sueños con ratones y mariposas.

PD: El cachorro de Sombra se llama Bichito aunque, habiendo como hay, más pelo que gato tal vez le cambiemos el nombre.

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