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domingo, 20 de agosto de 2017

La vaca

Por poner la situación en perspectiva, nuestro refugio está protegido por la peña por un lado, un seto por otro y una hilera de piedras que lo separan de la pequeña campa cercana. Una vez montada la tienda queda una reducida zona de hierba y poco más; bueno, y la tienda es verde.

Siguiendo donde lo dejamos, Nieves y yo estábamos de rodillas en nuestro refugio, Asier despierto pero en su saco, Aimar en el séptimo cielo y  la vaca, ¡ay, la vaca!, la vaca estaba mugiendo con un mugido largo y profundo a pocos metros de nuestra tienda. Aun manteniendo en mente que los cuatro cientos kilos que estaban al otro lado de la fina tela correspondían a un herbívoro era complicado estar tranquilo. Por mi mente pasaban a toda velocidad ideas que, al momento, desechaba por improcedentes. Así, descarté salir a espantar al animal, pegar gritos (o chillidos, quién sabe lo que hubiera salido de mi garganta en esa situación) o hacer movimientos que dudo que consiguieran que se alejara. Mi temor era que el animal quisiera pasar a nuestra zona y aplastara la tienda confundiéndola con un seto o un arbusto grande. Mientras tanto, el mugido seguía y seguía.

Llevábamos más de media hora y el animal se desgañitaba prolongando aquella agonía hasta que tenía que coger aire (cosa que también oíamos claramente, gargajo incluido). Habíamos vuelto a acostarnos pero no dormíamos. Al rato, el animal se fue y suspiramos tranquilos.

Sin embargo, el descanso duró poco y la bestia volvió corriendo; y esta vez se puso más cerca. Redefiniendo conceptos, aquello no eran mugidos sino bramidos y sentíamos el aliento y la respiración del animal cada vez más próximos.

Llevábamos otra media hora pendientes cuando oímos un cencerro que se acercaba; los bramidos cesaron. Por el tañido nos dimos cuenta del que el ternero había respondido a la llamada desesperada de su madre. Sin embargo, como buen hijo, no mugió ni una sola vez. La vaca le soltó un par de bramidos al estilo "¿Dónde diablos te has metido?" y se alejaron un poco. Asier comentó: "Ese viene de pasar la noche en el prado de un amigo", y nos reímos relajados.

El resto de la noche dormimos como benditos y, para cuando el sol se asomaba por nuestra zona, ya teníamos la tienda recogida y estábamos desayunando.

Antes de irnos, subimos a una pequeña loma y nos despedimos de nuestros anfitriones. ¡Cómo entendemos a la pobre vaca!



PD: Menuda adolescencia la que me espera en casa.

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