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martes, 31 de enero de 2017

Saltando vallas

Desde la ermita, la encrucijada. El camino se trifurcaba en la fuente cercana. El de la izquierda, un cómodo carreteril, comenzaba descendiendo. Como no nos gusta demasiado bajar antes de llegar a la cima, decidimos declinar su oferta. El de la derecha, un camino ancho, se adentraba en el bosque y parecía dar un rodeo. Estábamos bien de fuerzas como para buscar atajos, con lo que también lo desechamos. Así pues, tomamos la senda de frente, una cuesta vertical que, al poco de subir, mostró las tan buscadas señales blancas y amarillas; hasta llegar a la siguiente fuente no volvimos a verlas. Y es que aquello fue un subir y subir a través de la amplia pendiente, buscando, perdiendo y reencontrando señales de una senda que nunca lo fue. A veces era una huella, otras un rastro. Con todo, no fue más que el esfuerzo lo que nos costó llegar de nuevo al camino donde se reencontraban las tres rutas que habíamos dejado metros abajo.

Reposamos un momento y continuamos. Al rato aparecieron las primeras manchas de nieve. Los muchachos se entretuvieron haciendo y lanzando bolas hasta casi dejarla limpia. Un poco más arriba encontramos lo que parecía la pista que emplean en el mantenimiento de los aerogeneradores. La peña se nos ofrecía infranqueable aunque teníamos la certeza de que algún camino conseguía atravesarla. Ese supuesto camino transcurría por el monte, frío y en sombra. En cambio, en la pista en la que nos encontrábamos, lucía un cálido sol. Decidimos pues seguirla unos metros hasta encontrar una mejor ruta.


Tras una curva, aparecieron a lo lejos los gigantescos ventiladores que marcaban el comienzo del cresterío. Sin embargo, nuestro objetivo era el más occidental de todos ellos y aún no lo veíamos. La pista se alejaba demasiado y decidimos abandonarla; metros más abajo encontramos un paso.


Los caminos de nuestros montes están llenos de este tipo de pasos pero, en esta ocasión, no había camino del otro lado. Sin embargo, tampoco había maleza y retomamos nuestro espíritu aventurero para enfocar nuevamente la directa. Muchos metros más arriba encontramos una senda. El problema era la infranqueable valla de espino. Aunque, infranqueable, infranqueable,... Como en una buena película de Hollywood, siempre aparece una roca o un árbol caído en el sitio justo y nosotros lo encontramos, superando el escollo con gracilidad (casi todos).

Estábamos muy cerca de la cumbre de aquella loma y decidimos coronarla. ¡Bingo! Del otro lado aparecieron los ventiladores que faltaban y, entre ellos, el nuestro. Como extra, las laderas se nos mostraban cubiertas de nieve y los chavales ya empezaron a preparar sus planes. Por desgracia, la naturaleza tenía otros bien distintos para nosotros.


Según avanzábamos, el viento y las nubes empezaron a cubrir el cielo. Lo que hasta ese momento había sido un tapiz azul, ahora era una manta gris. Nos abrigamos y nos encaminamos a la cima del Aritz. Dejábamos nuestra nota, recogíamos la de Arantza del club de montaña Jaizkibel, hacíamos las fotos de rigor y bajamos hacia el refugio que estaba a los pies de los generadores.



Ya estábamos avisados y, en efecto, estaba cerrado. Sin embargo, albergaba la esperanza de que las costumbres se mantuvieran y que alguien hubiera dejado escondida una llave, bajo una piedra suelta, en lo alto del dintel de la puerta o yo que sé dónde. ¡Cuánto daño han hecho las llaves maestras! Seguramente todos los operarios tengan una en su bolsillo. Una que, además, abra todos los refugios de la empresa. Pero nosotros buscamos y buscamos y allí no apareció nada. Además, el frío estaba siendo muy molesto.

Visto que no nos íbamos a quedar deslizando por las rampas heladas, los muchachos aprovecharon para bajar patinando cuanto pudieron y descendimos para buscar el abrigo de alguna roca. No lo encontramos.


Comimos en cualquier sitio y, eso sí, templamos nuestro espíritu con un chocolate bien caliente. El descenso fue tranquilo aunque largo y llegamos cuando sonaban las campanadas de las cinco en el reloj del ayuntamiento de Leitza.

PD: Previo divertimento en el camino empedrado del comienzo.
PD2: Primera ruta del año y estreno de botas. A ver lo que duran.

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