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martes, 27 de diciembre de 2016

Alleko navideño (10.170 dm.).

Llegaba nuestra deseada cita montañera navideña y las conversaciones con nuestro guía favorito iban definiendo fecha y destino. Así, el viernes, 23 de diciembre, tomamos rumbo a Lizarrusti con el objetivo de hacer cumbre en Alleko (10.170 dm.), no sin antes disfrutar de un largo redesayuno en el Koxkor de Lazkao.

Ya habíamos estado en Alleko hacía un par de años pero las rutas con Josean siempre sacan a relucir rincones que a nosotros nos pasan desapercibidos. Buena muestra de ello fueron la cantidad de nidos que  nos descubrió por el camino y que, no por mucho mirar, conseguía diferenciar de un montón de musgo. Añadimos a la cima la visita a una sencilla cueva, al estilo "tripa de la ballena de Pinocho", pero que a Aimar le mantuvo inquieto y emocionado desde el día anterior.

Comenzamos la ascensión desde Lizarrusti por el camino de vuelta de nuestra pasada excursión. Aquel mismo G.R. que había rechazado por su pronunciada pendiente ahora lo íbamos superando entre musgos y hayedos.



Desde la cabeza del grupo un silbido despreocupado iba abriendo camino mientras que, al fondo del pelotón, un acelerado ritmo de tambores retumbaba por el bosque. La última pala hasta la cima no la afrontamos directamente sino que nos desviamos en un zigzag algo más suave y llegamos pasada la una de la mañana al buzón cimero.



Lo que para nosotros sería punto de inflexión, con comida y descenso, no lo iba a ser en esa ocasión. Dejamos la nota en el buzón, descansamos un rato, divisamos las cimas cercanas preparando futuras aventuras y descendimos por la vertiente navarra hacia tierras ignotas.

Caminamos por el hayedo abriendo huella y cruzamos riachuelos no muy caudalosos. Avanzábamos por una pista cuando nos detuvimos. A la derecha, una senda se dibujaba entre las zarzas; era el camino a las cuevas. Ascendimos en fuerte pendiente y dejamos alguna cavidad a la izquierda antes de llegar a nuestro objetivo: Akaitz Txiki 2.

Era buen momento para comer y dimos buena cuenta de tortillas, quesos y cecina (de vaca), y no tan buena de un jamón de york, que paseó y volvió a casa casi intacto ("para enfermos", le dijeron). Terminado el ágape, nos pusimos las frontales y entramos.

La cueva es sencilla. No hay que agacharse ni hacer contorsiones, únicamente algunos movimientos circenses para evitar meter la bota en charcos de agua o de pegajoso yeso. La tripa de la ballena estaba allí, esperándonos, así como estalactitas y el rastro de un río subterráneo ya desaparecido. En el tramo final, el lago reflejaba las consecuencias de la falta de lluvia y mostraba en su superficie embarrada hasta dónde llegaba en épocas mejores.



Comprobamos (inquietos) la profundidad de la oscuridad apagando las frontales y salimos a la luz, felices. Estaríamos en la cueva no más de media hora pero para los niños no hubo más conversación al volver a casa que aquellos treinta minutos asombrosos.

La vuelta por la pista de Lareo fue un largo y delicioso epílogo para charlar y disfrutar de una grata compañía entre amigos.

PD: No vimos a Pinocho.



4 comentarios:

Anónimo dijo...

Alleko! Una de mis opciones para mañana.

Zorionak,
Iñaki

Sergio dijo...

Koxkor al subir y/o choricillo en Lizarrusti al bajar.

IMANOL dijo...

Os habéis dejado más de la mitad de la cueva.

Sergio dijo...

Es que estaba muy oscuro, Imanol. De todas formas, regresamos con el tiempo justo, la cueva era la guinda de la jornada, no el objetivo principal.