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martes, 18 de octubre de 2016

Igorin (4.570 dm.)

El sábado, 15 de octubre, tras un viernes en el que se abrieron los infiernos, aprovechamos una carambola de las borrascas y un corredor de viento sur para salir al monte a disfrutar. Nuestro objetivo, Igorin (4.570 dm.).

La cercanía de la zona de Landarbaso chocaba de frente con nuestra costumbre del redesayuno; aunque algo hicimos.


Comenzamos a andar temprano (concepto relativo donde los haya) y tomamos la ruta hacia Urdaburu. Este mareante comienzo de otoño, con sus días de calor y borrascas, nos habían hecho dudar sobre la recolecta de castañas. Sin embargo, la jornada nos iba a deparar agradables sorpresas. No habíamos andado muchos metros cuando Nieves se detuvo.

_Aquí es.- dijo.

Y fue allí.

Tras pisar erizos (de castañas), dejar su parte a las ardillas e intentar esquivar con mejor o peor suerte lo que seguía cayendo del árbol, guardamos los siete kilos de delicias de otoño en las mochilas y continuamos camino. Esos siete kilos añadieron un punto de dureza a la ruta que bien valió la pena. Quién sabe si esos regalos seguirían allí a nuestra vuelta.



En el collado Malmazar abandonamos la ruta a Urdaburu y coronamos una loma antes de tomar rumbo a Igorin. Bajamos una pendiente, que sabíamos que nos iba a costar remontar a la vuelta, y nos cruzamos con gran variedad de coloridos ciclistas y los restos de algún cazador; estamos en la época de pasa de la paloma y algún disparo que otro se encargó de recordárnoslo.

Llegados al pie de Igorin, cruzamos la valla y comenzamos a subir. Las zarzas del inicio demostraban que no era un monte muy habitual en los recorridos de la zona. Sin embargo, aunque la ruta estaba casi borrada y apenas se distinguía, una infinidad de hitos de piedra nos fue guiando hasta la cumbre.


Coronábamos la cima cuando, al quitarnos las mochilas, nos dimos cuenta de que había alguien más con nosotros. Sentado en una piedra, un hombre mayor descansaba.

_¡Uy! Hola.-dijimos.
_Hola.- contestó.
_Regalo de día ¿verdad?
_Sí, la verdad es que sí. ¿De dónde sois?
_De Donosti.
_Yo vengo de Oiartzun. Suelo venir mucho. No es normal que me encuentre con nadie por aquí.
_Ya. La verdad es que el camino está un poco abandonado.
_Desde Oiartzun está mejor. ¿Por dónde habéis venido?
_De la zona de Urdaburu.
_Ah, ya. Hay muchos cairns para seguir la ruta. ¿Habéis visto los dólmenes?
_No.

Y nos habló de los restos megalíticos de la zona y cómo localizarlos. Hablaba sosegadamente y daba la sensación de que le agradaba que estuviéramos allí.

Dejamos la nota bajo el ala del buzón palomero y comimos tranquilos al calor de un sol de otoño. Él se había apartado a una roca próxima y miraba hacia el interior, hacia los montes, dejando el mar a su espalda. A ratos, canturreba y, a ratos, parecía meditar. Tras recoger nuestras cosas, nos saludamos con un gesto y allí lo dejamos, sonriendo. Descendimos con cuidado y nos entretuvimos un tiempo con los dólmenes y mehires que nos había comentado antes de iniciar la vuelta.


Regresamos despacio, disfrutando de uno de esos días en los que no quieres irte de la montaña. Unos de esos días sencillos y completos que llenan el corazón.

PD: Ya en casa, nos encargamos de llenar otros huecos.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Fantástico: "... Él se había apartado a una roca próxima y miraba hacia el interior, hacia los montes, dejando el mar a su espalda. A ratos canturreba y a ratos parecía meditar... ".

Gracias,
Iñaki