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martes, 20 de septiembre de 2016

Okupas.

Volvimos algo acelerados de las vacaciones. La lluvia de estrellas estaba a las puertas y casi no teníamos tiempo para preparar las cosas. Tal vez fuera por eso por lo que, en ese momento, no nos dimos cuenta pero, para entonces, ya vivíamos con unos okupas en casa; bueno, más bien en el balcón.


Durante nuestra ausencia, los gorriones habían anidado al amparo de una esquina, lejos del ataque continuo de las gaviotas. El vaivén de los padres trayendo comida a la pollada y el piar incesante reclamando el alimento duraron unas semanas. Una mañana, nuestro despertador alado no sonó. Limpiamos el balcón, desmontamos el nido y dejamos que la vida siguiera.

Cuando salimos a dar un paseo, una pareja de gorriones enseñaba a su cría a volar.

PD: Nos saludaron con la cabeza.
PD2: No, una vez que aprenden a volar ya no vuelven al nido. Vuelan libres por la ciudad.

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