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jueves, 18 de agosto de 2016

Zumbidos en la noche.

 Era esa hora de la noche en la que no sabe uno bien si ya se le puede llamar "el día siguiente" o solo es muy tarde. El caso es que la pareja dormía plácida y tranquila, como suelen dormir los niños, cuando un zumbido les despertó. No era un mosquito sino más bien una vibración aguda. De una forma inconsciente y automática él echó mano del teléfono (que en esos momentos hacía los usos de despertador) y lo agitó para que se apagara. ¡Ay, esos benditos diez minutos más de tregua! Mientras lo hacía, pensaba en lo mal que había dormido y lo cansado que estaba. Iba a ser un día duro.

Aún no sabía cuánto.

Dejó el móvil en la mesilla y, al instante. lo volvió a coger. El zumbido persistía y lo agitó, esta vez más fuertemente.

_¿Qué haces?- le dijo su mujer, encendiendo la luz de la mesilla.
_Intento apagar el maldito móvil, perdona por haberte despertado.

Con el ojo legañoso y el dedo impreciso fue cerrando aplicaciones y pensando cuál estaba bloqueando la desconexión del despertador. "Malditas aplicaciones gratuitas"- pensó, y terminó por apagarlo ante lo infructuoso de su búsqueda.

Pero aquello persistía.

_¡Pero qué es eso! Parece el camión de la basura o algo así.- dijo.

Para entonces, él también había encendido la luz y luchaba por poner sus ondas cerebrales en marcha.

_Viene del baño.- sentenció ella.

Y vio su figura borrosa alejarse y regresar con el origen de los zumbidos agarrado entre sus manos.

El cepillo de dientes se agitaba como la cola suelta de una lagartija y se lo entregó con una sentencia que dejaba meridianamente claro quién se iba a tener que encargar del asunto: "Es el tuyo".

Aquel instante permanecerá grabado a fuego en su memoria: el destornillador de estrella intentado quitar un tornillo que, finalmente, no daba acceso a la batería; el arrancado feroz de la cobertura de goma, que tampoco escondía nada que le hiciera conseguir detener el maldito zumbido; los alicates y la tensión de su antebrazo ralentizando la vibración, la cual volvía en cuando cesaba la presión; y, por fin, el destornillador plano grande, introducido con fruición reiteradas veces y con cierta saña en el interior del engendro mientras rememoraba clásicos del estilo "Viernes 13".

Solo Dios sabe por qué no cayó en la tentación de arrojarlo por la ventana. Tal vez la lectura a una edad temprana de las obras de Edgar Allan Poe le hiciera darse cuentra de que, intentar alejar violentamente aquel engendro endemoniado de su presencia, no hubiera solucionado nada. Un contenedor metálico o una alcantarilla abierta habrían sido el destino del cepillo infernal y los ecos habrían despertado a todo el vecindario. Las huellas dactilares y los restos de ADN de su boca terminarían por llevar a las autoridades hasta su domicilio con funestas consecuencias.

Los restos de la barbarie les esperaban por la mañana en la cocina. Esparcidas por el suelo, decenas de piezas, de lo que otrora fuera un útil y bonito utensilio de aseo, recordaban lo que, a esas horas, solo parecía un mal sueño.



La escoba eliminó todo rastro antes de que lo niños se levantaran.
 
PD: En cierta manera, fue como vivir en un capítulo de FRIENDS.