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domingo, 21 de agosto de 2016

Espectáculos de la Naturaleza.

En el monte se hace de noche muy rápido. En cuanto se pone el sol, la temperatura baja y empiezan las prisas. Por eso no esperamos tanto y, para cuando empezó a ocultarse, ya teníamos la tienda montada y la cena hecha... y devorada.

Disfrutamos del momento en silencio.


No daban las diez cuando cerramos la tienda. Dejamos el cielo casi totalmente despejado y quedamos en despertarnos a las dos para disfrutar del evento.

Llegada la hora, me desperté. Me vestí y salí con cuidado. La luna se estaba ocultando por el horizonte y, en cuanto se acostumbraron mis ojos, pude incluso contemplar la vía láctea. La noche era perfecta y no tardé en ver la primera estrella fugaz. Un "¡Hala!" me hizo saber que no estaba solo. Asier se asomaba por la puerta de la tienda y Nieves se calzaba para estar conmigo.

Habíamos orientado bien nuestro refugio. Perseo iniciaba su ascenso por el horizonte y no hizo falta que los muchachos salieran al relente; aunque la noche era cálida. Despertamos a Aimar y, desde la entrada, aún dentro de sus sacos, contaron y contaron lágrimas de San Lorenzo hasta que les venció el sueño.

_¿Os despierto de nuevo a las cuatro? - les pregunté.
_¡Sí! ¡Sí! - contestaron en un susurro.

Pero llegado el momento, solo Asier respondió a mis zarandeos. En esa ocasión ninguno salimos de la tienda y yo aguanté más tiempo que él. Habían sido seis años utilizando la lluvia de estrellas como excusa para hacer noche en el monte y, por fin, habíamos tenido la noche perfecta.

En el monte también amanece muy pronto y, en cuanto clareó, ya nos movíamos en los sacos. Algún zalamero intentó quedarse un rato más y cedimos, pero el desayuno caliente pudo con los rezagados. Secamos la condensación de la tienda al amor de los primeros rayos de sol y nos pusimos en camino dejándolo todo como lo encontramos.

PD: Salvo nuestras pupilas, que volvieron cargadas de estrellas y deseos.

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