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miércoles, 18 de mayo de 2016

Lagarte (8.110 dm.).

El sábado, 14 de mayo, Asier y yo subimos a Lagarte (8.110 dm.), uno de los montes más complicados de decidir.

Y es que, en un principio, teníamos previsto ir a Aitxuri. Aimar tenía una celebración de cumpleaños y pensé que era un buen momento para ascenderlo desde Aránzazu solo con Asier. Sin embargo, el tiempo se presentaba lluvioso y preferí esperar a una ventana de buen tiempo para disfrutar de esa ruta. Así las cosas, encontré Lagarte. Accederíamos desde Berastegi y haríamos una ruta con posibilidad de cerrar una circular. En la cena del sábado, lo comenté con Josean y me desaconsejó realizarla por el camino que había escogido. Ya concienciado en cambiar la ruta me ofreció otra posibilidad, subir desde Leaburu; más bonita, más limpia, mejor. Volví a casa ya dispuesto a esa nueva posibilidad pero, cuando la consulté, opté por otra (¿el tercer cambio? ¿el cuarto?): subiríamos desde la ladera sur pero desde Gaztelu. Conoceríamos una zona nueva y tendríamos la posibilidad de hacer esa circular. Al final lo hicimos, pero no como teníamos pensado.

Añadimos medio lugar más para el desayuno en Tolosa. Seguía siendo el Eceiza, pero el que está junto al frontón Beotibar (nuevamente, gracias, Josean). Por desgracia (ja), no pudimos decidir entre el cruasán y el brioche, con lo que optamos por un 2+1.


Ya en marcha, dejamos el coche en la plaza de Gaztelu y empezamos a subir. Estaba lloviendo. No demasiado pero sí lo suficiente como para llevar los chubasqueros puestos. Avanzábamos por una pista cuando llegamos a un cruce con un cartel. Fue la única señal clara durante el resto de la jornada, aunque no tuvimos problema para subir ni para bajar; dichos ambos como concepto amplio del término.


Caminábamos con tranquilidad, encontrándonos caseríos y cruzándonos con gente que subía y bajaba, en su mayoría corredores. Ya estábamos en el cresterío cuando apareció la niebla del lado de Berastegi. El altímetro señalaba 6.700 dm. pero estábamos muy cerca de Erroizpe (8.040 dm.). Efectivamente, un repecho nos esperaba para dar un poco de emoción a la ruta.

En Erroizpe ya no había buzón, solo un triste vértice geodésico. Nos hicimos la foto y continuamos hasta el cercano Lagarte. A pocos metros, dejamos de ver tanto uno como el otro.


Pero llegamos fácilmente a la cima de la jornada. La cumbre es una suave loma herbosa, sin buzón ni más indicador que un montón de piedras. No dejamos nota alguna y nos tomamos un tiempo para pensar qué hacer. Tras un par de onzas de chocolate, decidimos seguir por el cresterío y cerrar el círculo hasta Gaztelu. Nos pusimos en marcha.


Superamos unos cercados y nos metimos más en la niebla. La senda no era tan clara como a la subida y temía bajar demasiado hacia el lado equivocado. Así, aprovechando lo suave del terreno, fuimos bajando hacia el sureste para cruzarnos con el camino correcto. En ello estábamos cuando nos topamos con un claro en el bosque demasiado bueno como para dejarlo pasar. Comimos tranquilamente y charlamos un rato disfrutando de ambos placeres como buenos montañeros.

Recogidas las mochilas, seguimos andando. Poco a poco nos internábamos en el bosque y fui dándome cuenta de que cada vez nos alejábamos más de la ruta de la cresta. Llegados a un punto la di   por perdida y nos dedicamos a encontrar un camino de bajada. Y así, andando, andando, encontramos una borda. Junto a su puerta desaparecida comenzaba un sendero y decidimos seguirlo. Era hacia abajo, buena señal.

Según avanzábamos, la senda se convirtió en camino y éste en carreteril. La niebla nos dio una tregua y comprobamos que estábamos en la dirección correcta. Durante el resto del descenso, fuimos escogiendo en cada cruce (y fueron muchos) por dónde continuar, y parece que lo hicimos de forma correcta porque terminamos apareciendo en el cartel del comienzo de la ruta; es lo que tienen los montes de nuestra geografía humanizada, muchas opciones. Dejamos las cosas en el coche y nos dispusimos a conocer Gaztelu.

En Gaztelu hay un solo bar, a la entrada del pueblo, en el lateral del ayuntamiento. Allí nos encontramos a Eneko, el hijo del dueño, que estaba al frente del negocio en ese momento. Charlamos amigablemente, hablamos del Giro, de las cuatro tamborradas en la que toca el saxo durante el día de San Sebastián y del concepto de fiesta, algo diferente al de Asier en este momento. Jugamos unas buenas partidas en el futbolín gratuito que tenían en la zona trasera y volvimos a casa, nuevamente con una sonrisa en el rostro.

PD: Empatamos tres partidos y nos lo jugamos a quien meta, gana.

2 comentarios:

Iñaki Munain dijo...

Si Eneko es majo, su aita también. Estuve el sábado 7. Os hubiera contado algo sobre una cueva-galería que hay por allí... ;-)

Sergio dijo...

No pienses que no vamos a volver (jeje).