www.flickr.com

jueves, 12 de mayo de 2016

Izazpi (9.670 dm.).

El sábado, 7 de mayo, esperábamos secarnos de las excursiones primaverales y disfrutar del buen tiempo con una ruta agradable. Lo de agradable lo conseguimos, lo del buen tiempo... tal vez por comparación.

La víspera celebrábamos el cumpleaños de Imanol y comentamos nuestra intención de subir a Izazpi (9.670 dm). Ya teníamos lugar para el redesayuno pero Ricardo estuvo al quite y nos recomendó uno nuevo. Decidimos probar.

Llegamos a Urretxu (todavía no sé por dónde) y encontramos la plaza de Gernika sin dificultad. Una gran carpa de fiestas la ocupaba casi por completo y no se veía nada. Sin embargo, un delicioso olor, procedente de un lugar indefinido, nos decía que no andábamos desencaminados; dimos un rodeo y lo encontramos. A partir de ahora va a ser difícil elegir.


Hacía mucho que no visitábamos la ermita de la Antigua. Guardamos muy buen recuerdo del padre de Imanol y su invitación a subir en sidecar, allá por el 2009. Calzamos las botas, ajustamos las mochilas, calibramos el altímetro y comenzamos a subir pasadas las once de la mañana.

 


La ruta clásica sigue una pista y va dejando caseríos a uno y otro lado. Llegados a un punto, el camino se bifurca. La pista continúa por la derecha hacia la cumbre por un camino más directo, corto y pendiente pero nosotros escogimos la senda de la izquierda. Da un rodeo mayor pero el desnivel es más suave y se oye el trinar de los pájaros en lugar de un resuello entrecortado.

Y allí nos encontramos con ella.



Bajando tras un montañero, una perrita beagle se detuvo a nuestro paso. El chico siguió camino y el animal se entretuvo con nosotros. Jugamos un rato y, al rato, seguimos adelante. La perra, ya bautizada como Pascualita (Pascualito en un primer momento), se quedó husmeando. Pensamos que se había perdido y que no encontraba por dónde se había ido su dueño. Nos detuvimos... y se vino con nosotros. Revisamos su collar por si había algún número de teléfono o dirección pero no hubo suerte.

Organizamos un cónclave y decidimos que, cuando bajáramos, ya encontraríamos al descuidado, seguramente esperando en la zona de la ermita. Sin embargo, según avanzábamos nos entraron las dudas: ¿y si aquel muchacho no era el dueño? ¿y si la pobre Pascualita ya estaba perdida? En eso estábamos cuando nos cruzamos con otro chico que bajaba.

_Aupa, perdona, ¿no te habrás encontrado con alguien que esté buscando a su perro?

El chico se quitó los cascos y repetí saludo y pregunta.

_Pues sí.

Asier y yo, que íbamos algo adelantados, sonreímos por nuestra suerte.

_¿Y por dónde anda?
_Pues está por arriba. Lleva más de una hora buscando a su perro.
_Vale, muchas gracias.

Aún nos quedaba un buen trecho hasta la cima pero anduvimos atentos por si escuchábamos voces o silbidos. Podía ser que nos cruzáramos y no nos viéramos. Hay varios caminos para descencer del Izazpi.

Al tiempo, llegados a un punto en el que ya divisábamos la cruz cimera, otro montañero bajaba con un perro. Le hicimos señas. Confiábamos en que fuera el dueño de Pascualita; tal vez tenía dos animales.

_Aupa, ¿es tuyo este perro?
_¿Eh? ¿Qué?
_Es que nos lo hemos encontrado y un chico nos ha dicho que alguien lo estaba buscando por aquí.
_Sí, era yo.
_¡Bien! ¡Qué suerte! - pensé, y no sé si Asier estaba pensando lo mismo.
_Pero ese no es mío, el mío es éste.

Y señaló a su pequeño pastor negro y blanco.

_Llevo subiendo y bajando de la cruz una hora hasta que ha aparecido. Es que hay mucho corzo por aquí y se escapan tras el rastro.
_Vale, pues gracias. Luego bajaremos a la Antigua. Si ves a alguien que esté buscándolo, avísale, por favor.
_Vale, agur.
_Agur.

Llegamos a la cumbre, dejamos la nota en el buzón y descendimos unos metros para comer. El viento soplaba fuerte y, aunque no era frío, tampoco era agradable; del sol, ni rastro en toda la mañana. La amenaza de lluvia estaba prevista para media tarde pero aún era pronto. Así, comimos tranquilos mientras nuestra compañera de cuatro patas jugaba con unos caballos y pillaba alguna cosa que se nos caía.


Bajamos con cuidado, el terreno estaba resbaladizo. Asier y yo charlábamos despreocupadamente. La conversación iba y venía de un tema a otro sin rumbo aparente hasta que...


_Aita, ¿nosotro podríamos tener perro?

_...

_Es que si no encontramos al dueño...

_Hombre, ya buscaríamos dónde dejarlo hasta que lo encuentren.

_Pero si no, ¿podríamos tenerlo?

_¿A Pascualita

_Bueno, sí o si no, otro.

_Si viviéramos en el campo, bueno. Los perros hay que bajarlos a pasear dos o tres veces al día y...

_Eso ya podría hacerlo yo.

_Pero ¿tú crees que un perro tan activo como éste estaría bien en la ciudad?

_Bueno... no.


Y no hablamos más de ello.


Llegados al cruce donde nos la encontramos, un grupo de montañeros subía por otra ruta. Les preguntamos sin éxito y siguieron adelante. Pascualita, se fue con ellos, otra vez hacia la cima.


Nos quedamos descompuestos. Asier se quedó mirando cómo se iba el animal y no dijo nada. No hacía falta.


Poco después, Nieves y Aimar nos alcanzaron.


_¿Y Pascualita? - preguntó Aimar. 


Le contamos lo ocurrido y también se apenó. 


Durante el resto del descenso, Asier preguntó a todo el que se encontró por si sabían algo del dueño del animal. Nada. Sin embargo, los muchachos se fueron animando, pensando qué sería mejor si viviéramos en el campo. La decisión fue unánime, un perro y un gato; pero de cachorros, para que se fueran conociendo y no se pelearan de mayores.


Nadie esperaba a Pascualita en la ermita de La Antigua.


PD: Le hemos dado muchas vueltas y hemos decido que Pascualita vivía en algún caserío de la zona y seguro que estará bien. Es lo mejor para todos.

No hay comentarios: