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martes, 12 de abril de 2016

Villaviciosa, el paso del tiempo.

Volvímos a Villaviciosa con el bonito recuerdo de aquella visita de hace siete años: la taberna del Roxu, el bar motero, aquel delicioso chocolate con churros... Lo que no sabíamos es que algunos de aquellos recuerdos iban a seguir siéndolos y añadiríamos otros nuevos a la memoria familiar.

Sin quererlo, entramos en el pueblo por el lado contrario a la primera vez. Aquello nos despistó, no reconocíamos nada, pero empezamos a caminar y enseguida nos situamos. Aquí, la Semana Santa se vive en las calles, y los balcones estaban engalanados con pendones de las diferentes cofradías (o algo así, no soy ducho en esas lides).



Ya orientados, nuestra intención era ir a tomar algo al bar del Roxu. Ese no era su verdadero nombre pero el dueño era pelirrojo y así se había quedado. Recordad, en Asturias no eres nadie si no tienes apodo. Cuando nos acercamos, algo no cuadraba. El exterior era algo diferente, la puerta estaba cerrada,... Nos asomamos y comprobamos que del Roxu no había ni rastro; el paso del tiempo. Decidimos no entrar y dejar incólume el recuerdo de aquellos calamares.

Seguimos paseando. Una feria de artesanía, con el azabache como eje principal, nos llevó un buen tiempo. El justo antes de darnos cuenta de que era la hora de comer. Bueno, era la una y media, pero resulta que nosotros comemos temprano (si podemos). Puestos a elegir sitio, y visto el fracaso del Roxu, desechamos los bares y sidrerías aledañas a la plaza y decidimos ir a uno que habíamos visto cuando callejeábamos por la zona antigua. Lo encontramos con facilidad y leímos el menú; eran tres platos más el postre; el precio, el de la edad de Asier. Nieves y yo nos miramos y, en un susurro, le dije: "Jo, yo no puedo con todo esto". Sin embargo, en la pizarra de al lado, escrito en tiza, un ofrecimiento, que creímos más acorde con nuestras posibilidades gástricas, nos animó a entrar: Cachopón para dos personas. ¡Ay, pobres ingenuos!

En el pequeño restaurante, con el hijo en la barra, la madre atendiendo en las mesas y la abuela en la cocina, grabamos un nuevo recuerdo de ese bonito pueblo.

_¿Qué vais a querer?- nos preguntó la señora.
_Pues nosotros, el cachopón pero para los niños igual es demasiado el menú...
_Nada, nada, éstos lo reparten, hombre.

Y así fue.

Los niños dieron buena cuenta de los trozos de queso frito con mermelada de tomate, el perolo de deliciosa fabada con chorizo y morcilla (interminable incluso con mi ayuda), los chipirones recién pescados,.... La realidad es que allí, en ese pequeño chigre escondido, lucían más estrellas que en todo el universo Michelin.

_¿De postre?
_Nada, nada... por favor.

Salimos con la intención de dar un pequeño y necesario paseo, y cruzamos por delante del bar motero. Estaba cerrado, como aquella vez, pero el cartel había cambiado; quién sabe si seguirá siendo del mismo dueño.






Seguimos deambulando y llegamos a la iglesia de Santa María de la Oliva. La puerta estaba abierta. Entramos. No había nadie y, en un lateral, media docena de pasos aguardaban a la procesión de las siete. El ambiente era acogedor y sobrecogedor a la vez.



Nuestro plan original ya no había quien lo enderezara. Teníamos pensado repetir el chocolate con churros de aquella cafetería pero ya no había valiente que se atreviera. No obstante, entramos a tomar un cafetín. Sentados en la mesa del fondo, junto a una estantería con libros de intercambio (tú dejas uno y te llevas otro), y un par de trozos de bizcocho, gratuitos y traicioneros, cerramos la jornada antes de irnos.



PD: Qué cosas suceden a veces sin prepararlo.

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