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sábado, 13 de febrero de 2016

Aldura (5.370 dm.).

Casi se nos había olvidado cómo atarnos las botas. Fiestas, exámenes, cumpleaños, gripe, gastroenteritis, fuerzas y cuerpos de seguridad del estado,... todo un abanico de motivos se habían conjurado a finales del pasado año y comienzos del presente para que no termináramos de ir al monte.  Salvedad de la excursión semi fallida a Aralar que terminó en Astiz, nos teníamos que remontar al puente de diciembre para recordar la última vez que añadimos polvo a las Vibram.

Y no podíamos seguir así.

El viernes llovía como si el mar se hubiera dado la vuelta. Sin embargo, encendí el ordenador y me dispuse a preparar una ruta para el sábado. El agua nunca fue un motivo para no salir, y seguiría sin serlo. En eso estaba cuando Nieves me comunicó la noticia: "Aimar está con fiebre". Rehice el plan y empecé a buscar una excursión cercana. Encontré Aldura (5.370 dm.) como posibilidad y me pareció recordar algo. Efectivamente, nuestro amigo iK había estado allí y anotamos su ruta para repetirla.

Seguía diluviando cuando nos fuimos a la cama. Las mochilas, preparadas con lo necesario, durmieron en la puerta de casa (dentro, no fuera).

El sábado amaneció radiante. No nos lo creíamos pero un viento sur comenzaba a soplar cuando salió el sol. Aligeramos las mochilas y, algo antes de las diez, comenzábamos a andar. El agua dominaba todo el camino. Las fuentes se desbordaban y la tierra rezumaba a cada paso. Perdí la cuenta de las cascadas que cruzamos.


(Foto: Asier)


La ruta estaba muy concurrida. Montañeros, amigos de Donosti, ciclistas (muchos), paseantes con perro, cazadores,... saludábamos a diestro y siniestro, fortaleciendo cuello y nuca, cuando llegamos a una pista. Teníamos acceso franco a la cima de Aldura y decidimos acometer la directa. Las indicaciones de iK nos desviaban y rodeaban la cumbre para enfrentarla desde el este pasando por Pertsel. Sin embargo, no queríamos dejar solos a Nieves y Aimar mucho tiempo y, llegado el momento, vendríamos con ellos para completar el recorrido. Así las cosas, comenzamos a subir cuando, de repente, escuchamos unos pitidos.

_Aita, el móvil.
_Imposible, lo llevo apagado. Y además, no suena así.

No era el móvil. Por la ladera, correteando, bajaban y subían cuatro perros de caza. Cuando uno de los animales se nos acercaba, su collar comenzaba a pitar. Al rato, tras un recodo, apareció un cazador, con su escopeta bajo el brazo. Si los animales se alejaban demasiado de él, aquellos aparatos empezaban a sonar. Nos saludamos y les vimos bajar a toda velocidad entre pitidos y silbidos (ladrar, lo que es ladrar, no ladraron).

La cumbre de Aldura es una loma ahora pelada. Unos tocones y unos restos de ramas dan fe de que, no hace tanto, algún que otro árbol bordeaba la cima. No pude menos que recordar mi propia cumbre, otrora frondosa, no hace tanto flanqueada y actualmente más pelada que la de este monte.



Comimos algo y repasamos las geografía del territorio: Donosti, Jaizkibel, Peñas de Aia, el cordal Adarra-Mandoegi (que algún día recorreremos),...; por allí está Leitza; por detrás fluye el Leitzaran; ese es el Onddi, donde había un montón de menhires. Gipuzkoa y sus límites a golpe de cintura.

Decidimos regresar por el camino que lleva a Urdaburu e hicimos los honores en el caserío Susperregi con un chorizo, cocido como Dios manda.

PD: Aimar estaba en la siesta cuando regresamos. Y el cielo volvió a cerrarse al poco de entrar en casa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por acordarte de rutas que hayamos hecho. Paraísos cercanos. Tengo un "Wunderlist" que da miedo, por cierto.
Iñaki

eresfea dijo...

El entorno de Aldura ha quedado bastante devastado tras las talas de hace un año. Habrá que esperar unos años para regresar...