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martes, 3 de noviembre de 2015

Kakueta (9.240 dm.).

El pasado sábado, 31 de octubre, víspera de Halloween de Todos los Santos, pusimos nuestros ojos en un Erlo, transmutado en Kakueta (9.240 dm.), debido a causas familiares y meteorológicas.

Le había estado dando vueltas (figuradamente) al Erlo durante los últimos días. No habíamos estado con los muchachos en Izarraitz y ya era hora de ampliar horizontes. La subida clásica desde Azpeitia me parecía demasiado humanizada para el esfuerzo que conllevaba y opté por acceder desde la cara norte. Sin embargo, resultó que Aimar estaba invitado a la celebración del cumpleaños de cuatro amigos, cuatro, a la vez y su presencia era requerida. Asimismo, la previsión de vientos fuertes tampoco convertía al Erlo en el mejor candidato.

Así las cosas, con Nieves acompañando a Aimar, Asier y yo quedamos como representantes del espíritu montañero familiar; madrugamos y, a las nueve y media, ya calzábamos las botas desde el área de Zorrospe. El vendaval era intenso y constante, nada de ráfagas.

El viento es uno de los meteoros que más respeto (o miedo) me impone. Básicamente, porque tira cosas que pueden darte y hacerte daño (esto lo saqué de Barrio Sésamo). Y eso, cruzando un bosque viejo, no es lo más adecuado. Sin embargo, al aproximarnos a los árboles, pude comprobar que la plantación de pino joven estaba sana y no había ramas caídas por el suelo. Cientos, miles de agujas, sí que revoloteaban por ahí pero nuestra piel de faquir podría con ellas. Más adelante, el hayedo ocupó su lugar.



Llegamos al collado de Zamaleku en una hora. Llevábamos el paso ligero y, durante un instante, dudamos si continuar hasta el Erlo. Mejor que no.



Giramos hacia Kakueta y comenzamos a coger altura mirando hacia Azkoitia. Llegados a un pequeño collado, cambiamos de orientación y nos colocamos a sotavento, con lo que todo fue más cómodo. Bueno, "cómodo" como concepto relativo, porque lo que nos quitamos de aire, lo ganamos de hojas y barro resbaladizo. Pero como no vinimos al monte a quejarnos, llegamos a la cima, dejamos la nota en el buzón y nos protegimos para comer algo.




El descenso fue cómodo, y no daba aún la una cuando regresamos al coche. En la zona, multitud de niños con sus padres aprovechaban el fantástico día.

Llegados a casa, Nieves y Aimar aún no habían empezado a comer, con lo que, ya puestos, nos unimos a ellos.

PD: Los restaurantes de la zona están pidiendo una nevada para encender la chimenea.

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