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domingo, 23 de agosto de 2015

Un restaurante con vistas.

Comenzamos nuestra ruta hacia Uarrain dadas las once de la mañana. A Asier le molestaban un poco las cinchas a la altura de la cadera pero enseguida entramos en calor y caminamos con soltura hasta Igaratza, donde tomamos un pequeño refrigerio.

En eso estábamos cuando un par de chicos se acercaron a nosotros agarrando las riendas de sus caballos y nos preguntaron algo en euskera. Yo recurrí a Asier, quien contestó:

_Pixka bat (un poco).

Ya en castellano el chaval volvió a preguntar.

_No, que si sabéis si hay un pesebre cerca.

Entendí que se refería a un abrevadero y le indiqué uno que estaba al final de los refugios.

_No, no, uno que haya por aquí. ¿De dónde venís?
_De Guardetxe, pero no hemos visto ninguno. El que conozco más cercano es ese.
_Vale, vale, gracias.

Y se fueron a dar de beber a sus monturas.

Cuando se alejaron le pregunté a Asier.

_¿Pero qué te habían preguntado?
_No sé, yo les entendí que si había mucho polvo por el camino. Como iban a caballo igual les molestaba.

La verdad es que tenía un asento serrado serrado.

Seguimos ruta y nos fuimos acercando a Uarrain. Ya teníamos el collado de Irazusta a la vista cuando vimos un zigzag que acometía la cumbre de frente. Comprobé el altímetro y echamos el resto parando infinidad de veces para contemplar el paisaje y hacer fotos. Vídeos no pongo porque se ha metido un ruido como entrecortado y agónico en la grabación.


Asier iba mejor aclimatado que yo y me adelantó ligeramente en el último tramo. Al poco, llegué yo también a la arista cimera.


Buzoneamos, comimos y contemplamos las campas de Alotza, el Txindoki, Ganbo-txiki,... Las vistas desde la cumbre eran espectaculares. La temperatura era agradable, no soplaba el viento y la hora no suponía un problema porque dormiríamos allí. Nos demoramos todo lo que quisimos disfrutando del momento.

Ya de nuevo en marcha, en lugar de desandar el camino, descendimos hasta el collado para retomar la ruta. Llegamos poco más tarde de las cinco a nuestro lugar reservado y estuvimos echando unas partiditas de cartas y contando batallitas hasta dieron las siete y media. Montamos la tienda, calentamos la cena y comimos contemplando la puesta de sol desde nuestro restaurante con vistas.


Recogimos y nos acostamos temprano. Entre historias y cuentos, el sueño nos atrapó recién dadas las diez de la noche.

Pd: El sueño fue plácido.
Pd2: Por si acaso me asomé a las dos pero no vi ninguna estrella fugaz.

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