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viernes, 24 de julio de 2015

Miguel y el oso.

Miguel es un joven sobrio. Miguel será un hombre sobrio, como su padre, Pedro. No le falta mucho, a sus dieciséis años.

Miguel ha visto al oso.

Fue a mediados de mayo, por la tarde. Eran cuatro en el coche. Iban a donde cuatro jóvenes pueden ir en Valdeón a esas horas; a cualquier parte. Estaban a altura de las casas de Porciles cuando los faros deslumbraron al animal.

Miguel es de hablar pausado. No levanta la voz ni susurra. Tiene el tono como el carácter, pero nos transmite la emoción del momento de una forma mágica. Nadie habla.

Cuenta que la sorpresa les pudo a todos, oso y jóvenes. Uno, asustado, cayó por un terraplén. A los otros, les pasó de todo. El conductor, frenó e intentó dar las largas para ver mejor, pero ya las tenía puestas y las apagó; el copiloto, abrió la puerta para salir pero se tropezó y cayó a la cuneta; y Miguel, al intentar hacer lo mismo, se encontró forcejeando con el cinturón de seguridad que olvidó que llevaba atado. El cuarto se quedó sentado, esperando.

Tras unos segundos de desbarajuste, todo volvió a su cauce. El oso trepó por la ladera y escapó, mientras que los chicos salían para ver únicamente las huellas de su pisada y las marcas de sus zarpas en la tierra.

Tal vez fuera mejor así. Sí, seguro.

Nos cuenta Maite, su madre, que cuando volvió a casa le hizo prometer que no se lo iba a contar a su padre; quería hacerlo él.

PD: No me extraña.
PD2: A la mañana siguiente, ya lo sabía todo el valle.

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