www.flickr.com

lunes, 27 de julio de 2015

El descenso del Sella.

Hago un receso en las crónicas de Valdeón para describir en pocas palabras nuestra reciente aventura en el descenso del Sella. Y digo en pocas porque escribo esto con la punta de un lápiz cogido con la boca, en tanto aguardo a que las agujetas de los hombros bajen un par de niveles de la escala V.A.Q. (Varón Adulto Quejica).

¿Por qué nos embarcamos en esta aventura? (nunca mejor dicho) Dejemos para los historiadores tal hazaña y centrémonos en el desarrollo de los acontecimientos.

Amanecía el sábado amenazante... Bueno, tal vez sea demasiado épico. Volvamos a empezar.

El sábado nos levantamos temprano. El cielo estaba nublado y, a ratos, caía un ligero orbayu. Sin embargo, según fue avanzando la mañana, las nubes oscuras se disiparon, dejando paso a unos encantadores borreguitos, a juego con los que pacían en las campas aledañas. Habíamos reservado las piraguas con antelación y, de hecho, nos llamaron para confirmar la reserva dos veces; parecía que el Sella iba a estar concurrido ese día.



Llegamos temprano y nos dieron el remo (¿o la pala?), un pequeño refrigerio para llevar, un bidón estanco (que no entra agua, no que vende tabaco) y el chaleco salvavidas. Allí me llevé mi primera alegría del día. La chica encargada de dar los chalecos me acercó uno de la talla L.

_¿L?- le dije.
_Sí- contestó sonriente- para ti es suficiente.

Emocionado, me lo puse por la cabeza y lo deslicé hasta que me quedó ajusstado (la doble ese es por las chispas que saltaban).

_Ahora aprieta las cinchas.-me dijo.
_Creo que no hace falta.- le contesté.
_Qué sí, es necesario.- me replicó.
_No, ya, si es que no puedo.-dije con un hilillo de voz.

Y es que el chaleco me salvaría de morir ahogado en el agua, pero no en la tierra.

Ya con mi chaleco XL, nos acercamos a escuchar la charla del monitor sobre lo que había que hacer y lo que no.  ¡Dios mío la de cosas que no se deben hacer! Algunas incluso me las apunté mentalmente para no hacerlas en otra ocasión. Nos explicó los lugares de "escapada", a los siete y diez kilómetros de recorrido, para los que no quisieran hacer los quince completos (juro que le oí reírse al decir lo de "quisieran"). También comentó el horario de permanencia en el río, de once a seis de la tarde, por un convenio los pescadores. Pobres peces, entre las piraguas y los anzuelos, ellos sí que no descansan.

Quitemos el exceso de gente (del que también formábamos parte) y nos quedó un día de disfrute total y completo del río. El placer de deslizarse por el agua, los descansos en las playas, los rápidos (más o menos rápidos), los choques con las piraguas descontroladas de los de las despedidas de soltero... Esperé ver a la Guardia Civil haciendo controles de alcoholemia pero, al parecer, estaban todos ocupados. Una lástima.

Los muchachos disfrutaban sin dar abasto y nosotros no nos quedábamos atrás. Truchas, salmones, alevines, patos, incluso un martín pescador en plena acción. La naturaleza, en todo su esplendor, miraba por encima del hombro a cualquier parque de atracciones. La única pena fue eso mismo, el que algunos confundieran la experiencia con un parque temático y no se comportaran con un mínimo de respeto. Como un chico que cazó una cría de pato y pretendía llevársela a casa. Pena que nos quedara lejos del alcance de nuestros remos (ejem, ¿quien dijo violencia? ¡Dónde está Patomas cuando se le necesita!).

Una última observación. Sí, los niños tienen que saber nadar, y, lo dicho, no es un parque temático. Unos padres volcaron con la piragua y el padre sostenía en el agua al chaval de unos cuatro años, con cara de angustia (el padre).

PD: Para el año que viene, el ascenso.

No hay comentarios: