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viernes, 2 de enero de 2015

Altzegi (10.190 dm.), tras las huellas del zorro.

A veces me pregunto por qué planteamos siempre las excursiones (sobre todo a finales de otoño e invierno) teniendo en cuenta las horas de luz. El lunes, veintinueve de diciembre, recordé por qué.

Salimos de Ixkibar a las once de la mañana, ya redesayunados y bien abrigados. En Leitza el termómetro bajaba de los cero grados. Sin embargo, no hacía viento y el sol coqueteaba con las nubes, calentándonos de vez en cuando. El caminar era agradable.

Había nevado hacía poco. Era una nieve polvo que cubría las mesas de la zona y los niños se entretuvieron jugueteando con ella como si fuera sal. Se hacía difícil compactarla para conseguir una triste bola que lanzar así que seguimos andando, cogiendo altura.

Pasamos por unas bordas y llegamos a la zona de las palomeras. Siendo lunes y con nieve reciente, íbamos abriendo huella. Aunque en realidad no era exactamente así. El rastro de algún animal, posiblemente un zorro, llevaba nuestra misma dirección y parecía indicarnos el camino. La nieve no era tan profunda como para hundirnos en ella pero sí lo suficiente como para borrar la marca del sendero en la tierra. Acometimos la ascensión a la cresta.

Nos dirigíamos hacia una peña y decidimos atacarla por la izquierda. Llegó un momento en el que tuvimos que andar monte a través, entre la argoma, para poder coger altura y alcanzar la cresta. Y cresteando, cresteando, llegamos a la cima de Altzegi (10.190 dm.)



Tras casi tres horas de caminata, comimos el bocadillo, nos hidratamos con agua y chocolate caliente (más chocolate que agua) y dejamos la nota en el buzón de Altzegi (o Altzadi, que es lo mismo).



Desandar lo andado no parecía la mejor opción. La zona de la peña daba la impresión de ser algo peligrosa para el descenso. La pendiente se me hacía excesiva para bajar por ella con seguridad y pensé en otra posibilidad. El mapa marcaba que por la ladera discurría el GR-121, llegando hasta la zona de las palomeras, y continuamos por la cresta en dirección a Urepel para enlazarlo. Las huellas del zorro volvieron a aparecer, aunque algo extrañas; eran dos.


Consideramos la opción de subir a Urepel y seguir por un camino conocido para el descenso pero preferimos la comodidad de un GR antes que intentar buscar la senda a través de la nieve virgen.

Y ese fue mi error.

Ya no existe el GR; al menos, no por ahí; al menos, no con nieve. Encontramos, no sin dificultad, el cruce que nos llevaría de vuelta y lo empezamos a seguir. En sentido opuesto, a apenas 400 metros, dejábamos el conocido descenso del Urepel. ¿Teníamos que haberlo cogido? Tal vez sí, pero en ese caso ya se habría terminado la entrada del blog; y no es el caso.

La senda, más que camino, se borraba por momentos. Un par de veces descendimos demasiado y tuvimos que volver a coger altura para no perderlo. Llegados a un punto, nos encontramos con un obstáculo.


Aquello ya no parecía muy normal. Lo saltamos (bueno, saltar, saltar... lo sobrepasamos) y continuamos. Poco a poco, empezaron a aparecer más arbustos y maleza, hasta que el camino desapareció. Así, sin más. Desapareció.

Ya habíamos perdido demasiada altura como para volver a la cresta. Teníamos que seguir. Sin embargo, temía descender hacia el río e internarnos demasiado en el bosque. Por fortuna, un poco más adelante, encontramos de nuevo las huellas del zorro, las seguimos y nos llevaron de regreso al camino.

El sendero se fue ensanchando y nos tranquilizamos. Aquello ya tenía pinta de pista forestal y apretamos el paso. Pero, tras un recodo, nos encontramos con algo que no esperábamos. En mitad de la pista, un buen número de árboles jóvenes crecía a sus anchas. Definitivamente, esa pista estaba abandonada. No estábamos en el camino correcto pero, ni por encima, ni por debajo, se veía nada mejor. Seguimos andando por ella hasta que, una vez más, se esfumó.

Pero las huellas del animal seguían a media ladera y las tomamos como una buena señal. Y acertamos. Al rato, enlazamos la vereda que nos devolvería al camino de vuelta. Habían sido dos horas  caminando por el bosque y, a partir de ahí, desanduvimos la ruta conocida disfrutando los colores de un invierno recién llegado.


Y así, tras cinco horas y media de caminata, regresábamos al coche.

Media hora después, caía la noche.

PD: No, no nos perdimos, nos extraviamos.
PD2: Perderse: no saber dónde se está, ni qué camino seguir.
PD3: Extraviarse: saber dónde se está y qué dirección tomar pero no estar en el camino que uno quiere.
PD4: Gracias, amigo cánido.

5 comentarios:

Iñaki Munain dijo...

Ay madre, pelín de susto.

Sergio dijo...

No llegó a susto pero sí que subí alguna pulsación que otra.

eresfea dijo...

¡Así me gusta, marchosos por Altzegi!
Tiene su intríngulis el recorrido... Además de la vía de la cresta, existe una senda al borde del hayedo con pinturitas, pero algún tramo que otro no está bien marcado. También tienes una huida (que diría Patxi) del collado entre Altzegi y Urepel, que baja hasta Ixkibar con varias opciones.

Sergio dijo...

Sí, "huidas" vimos varias por la ladera de Urepel pero pinturitas solo dos. Lo más seguro es que estén debajo de la nieve. En primavera las veremos.

leitzaran dijo...

Esa pista que desaparece la conozco.
La próxima vez dale recuerdos de mi parte.