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domingo, 28 de diciembre de 2014

¡Vivan las alemanas!

Aunque a veces me ría de mí mismo con eso de que tengo que adelgazar, hace unos meses me propuse perder esos kilos que no terminaba de quitarme. Llevaba con el mismo régimen desde hacía una eternidad y aquello ya no funcionaba. Durante el fin de semana me relajaba pero el resto de la semana lo cumplía a rajatabla. Me pesaba todos los día y veía que, de lunes a viernes, reducía lo que subía el sábado y domingo. Y así una semana tras otra. Lo comenté con Nieves y nos pusimos en contacto con una amiga suya, médico-nutricionista. Lo primero que me quitó no fue lo que me esperaba; me quitó la báscula. Sólo me dejó pesarme una vez cada quince días y únicamente tenía que tener en cuenta la diferencia de peso respecto al inicial. Nada de pensar si peso esto o lo otro; solo cuánto iba bajando. Me dio una dieta adaptada a lo que quería y nos dejó una báscula nueva especial de las que tenían en la clínica. "Japonesa"-nos dijo. "Los únicos que hacen una cosa así". Recuerdo que pensé que valiente chorrada pero bueno, solo teníamos que calibrarla la primera vez y ya estaba. Cuando me aproximara a la reducción de peso deseada, volveríamos a hablar con ella. Tengo que decir que la consulta era gratis con lo que no nos iba a hacer un seguimiento, aunque tampoco importaba, no había pastillas ni cosas raras de por medio.

El régimen era bastante estricto y era preciso tanto comenzarlo poco a poco, como dejarlo de la misma manera para evitar el conocido "efecto rebote". Y a ello me puse o, más bien, nos pusimos. Porque una dieta de ese tipo la sufre toda la familia. Desde los niños, que no pueden dejar nada en el plato (ni despistarse, ejem), como el interesado, que no tiene que saber donde se guarda nada de comer en casa; y eso que hay pocos armarios.

Yo me iba encontrando más o menos bien y el volumen iba bajando; el pantalón me quedaba más ancho y todo eso. Sin embargo, el peso no iba a la par con el esfuerzo. Cada quince días me pesaba, pero la báscula no me devolvía todo el cariño que de ella esperaba. Por otro lado, yo iba apuntando los resultados en una tabla como nos había dicho y los miraba y remiraba. Era desesperante.

Al cabo de unos meses ya vimos que aquello no iba bien. A la vista estaba más delgado pero la báscula marcaba muy poca reducción de peso. Como tampoco era cuestión de molestar a la amiga de Nieves, le escribimos un correo con los resultados. Nos respondió diciendo que no podían estar bien y que la llamáramos. Lo hizo Nieves. Yo escuché la conversación. Fue algo así:

Hola, Laura....Sí...Sí...Cada quince días... Sí, la comida la hago yo... Bueno, lo apunta él... Cómo que no puede ser... No, seguro que no se lo salta. Si el caso es que está mucho más delgado pero es el peso el que no baja...Sí, lo tengo aquí...(Sergio, dice que te peses y que le des también al botón del IMC).

Me voy a la habitación, me peso y le doy al botón ese. Me pide la estatura, la pongo y vuelvo con el resultado.

Sí, Laura, ya está, le da XXX... Cómo que no puede ser... Sí, todavía tenemos la báscula que teníamos antes... Espera... (Dice que te peses con la otra báscula).

Vuelvo a la habitación y saco del armario la otra báscula, la nuestra, la alemana. Me peso y...

Resumo la situación. Me he pasado, y mucho. La báscula que nos dejó la amiga de Nieves y que iba marcando la cantidad de peso adelgazado (no mi peso total), la fabulosa báscula japonesa, venía calibrada en nosequé mierd... de medida de peso que usan allí. Bueno, ahora lo sé, venía en Kan. En general usan el Sistema métrico decimal pero dentro de sus fronteras aún usan el sistema antiguo (y conducen por la derecha y comen pescado crudo y... en fin, bueno, ellos no tienen la culpa de esto). En la clínica cambian las unidades cuando les llegan las básculas nuevas pero a nosotros nos dejó una nueva sin modificar. A los efectos, y aproximando, si la báscula indicaba 7 kan , lo que había bajado era 26 kilos.  ¡Cómo voy a saber que 7 k. significa 7 kan y no 7 kilogramos! ¡Por favor! El caso es que ahora no puedo dejar el régimen de golpe porque el rebote puede ser bestial. Tengo que ir dejándolo poco a poco y, de paso, recuperar alguno de los kilos que no tenía que haber perdido (2 ó 3 kg.). Tampoco es nada grave, más allá de estar pelado de frío siempre y de no saber qué talla comprarme hasta que me estabilice. Habrá que seguir llevando pantalones de payaso.

PD: Menos mal que siempre llevo tirantes.
PD2: Por lo menos, me queda la nochevieja.
PD3: Y el día de San Sebastián.
PD4: ¡Vivan las alemanas! (las básculas).

PD5: Feliz día de los inocentes.


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