www.flickr.com

domingo, 24 de agosto de 2014

Sonidos en la noche.

Nieves y los niños dormían plácidamente. Yo me iba despertando de vez en cuando y miraba el termómetro. La temperatura descendía paulatinamente y, a las tres de la madrugada, marcaba 10ºC. Los sacos de los niños son buenos y están preparados para esas temperaturas (y menos). Además, los chavales dormían con calzoncillos largos, camiseta térmica y el buff como gorro, así que no había problema. Aun así, les toqué la nariz; caliente. Me asomé por la puerta de la tienda y la condensación era increíble; las gotas cubrían la lona por dentro y por fuera. La noche no era cerrada y la claridad permitía ver los perfiles y las sombras. Las nubes altas no dejaban ver más allá de una o dos estrellas así que, este año, otra vez nada de lluvia de estrellas.



Volví a mi saco caliente y, al cerrar la cremallera, creí oir algo afuera. Agucé el oído porque no me lo creía. No era el viento, no eran las ramas, no eran animales (bueno... no exactamente) era ¡Su ta gar! En alguna borda habían puesto la música a tope. La más cercana está como a media hora pero en el monte se oye todo a mucha distancia. Me dormí pensando en las pobres ovejas y en el sabor de la cuajada con heavy.

Por la mañana, el termómetro marcaba 8ºC dentro de la tienda, me abrigué y salí a preparar el desayuno. El cielo estaba azul y los primeros rayos de sol calentaban las cumbres. No tardaría mucho en hacerlo con nosotros. La mañana era espléndida.


A los muchachos hubo que despegarlos de los sacos pero recogimos todo y nos pusimos en marcha; ya pensábamos en la romería.

Nos encontramos con un ciclista que pedaleaba hacia nosotros pero a nadie más y supusimos que estaban todos en Igaratza. Sin embargo, cuando tuvimos a la vista los refugios nos temimos lo peor. Efectivamente, la fiesta había sido la semana anterior. Nos repusimos del error con un poco de chocolate y caminamos hasta el coche calentados por un sol delicioso. Cuando llegamos al parking lo encontramos lleno. Pero no eran montañeros, sino domingueros. Todos las campas aledañas al Guardetxe estaban repletas de mesas y la gente se afanaba en preparar paellas y chuletas en hogueras improvisadas. En el sitio reservado del día anterior se encontraba aparcado un camión con cañeros de cerveza. Raudos y veloces huimos de aquel sitio no sin antes contemplar como un caballo daba buena cuenta de las viandas desatendidas que unos ingenuos habían dejado sin protección mientras iban de paseo.

PD: Aunque reconozco que alguna parrillada no olía nada mal.

No hay comentarios: