www.flickr.com

viernes, 22 de agosto de 2014

Previsión: chubascos intermitentes.

El miércoles, trece de agosto, habíamos vuelto de nuestro vivac y ya estábamos pensando en el siguiente. Aimar preguntaba, y yo miraba las previsiones del tiempo para los próximos quince días. La mejor resultó ser para el domingo, con sol y buenas temperaturas. Sin embargo, para el sábado y el lunes pronosticaban lluvia, con chubascos intermitentes. Más adelante quién sabe, pero viendo como está siendo agosto no se podía esperar mucho más.

El agua no es algo que nos suponga un problema cuando se trata de ir al monte; lo más, un incordio. Botas con gore-tex, chubasqueros,... todo eso tiene que servir para algo. Si solo vas al monte cuando hace bueno, no te gastes tanto dinero. Sin embargo, una cosa es ir a caminar con posibilidad de volver mojado, y otra ir a acampar y pasar la noche tiritando; y con niños. Las temperaturas previstas para Baraibar, el pueblo más cercano, bajaban hasta los 10ºC. Eso significaba más ropa de abrigo y, por ende, más peso en las mochilas.


Así las cosas, las opciones eran ir el sábado, con posibilidad de lluvia cada vez menor según avanzara la jornada y buen tiempo de vuelta, o ir el domingo, con temperaturas altas pero lluvia por la noche y el lunes de mañana. Optamos por la primera, pensando, además, que coincidiríamos con la romería a Igaratza; la txistorra frita también ayudó a decantar la balanza.

El sábado, pasadas las once, estábamos en Guardetexe. Una pequeña zona vallada en el parking reservaba unas plazas, tal vez para la fiesta del día siguiente. Habíamos salido de Donosti con lluvia, pero parecía haber amainado. Ya estábamos a punto de ponernos a caminar cuando medio cielo empezó a descargar sobre nosotros. Iba a sacar los cubremochilas, cuando caí en la cuenta de un problema: las colchonetas no nos dejaban ponerlos. Chorreante, no podía pensar con claridad y nos metimos en el coche; mi mente funciona bien bajo presión pero mal bajo el agua. Tras aplicar el método científico (prueba y error), encontramos una solución aceptable.



A eso de las doce ya estábamos en marcha. No llevábamos ni diez minutos andando cuando paró de llover... y salió el sol. Calentaba con ganas, así que nos detuvimos y nos quitamos chubasquero, pantalones de agua y forros. Retomamos el camino y, al cabo de quince minutos, volvió a jarrear. "Parará pronto", pensé. Como en una visión, nos vi a los cuatro en un futuro cercano calados hasta los huesos por no haber hecho lo correcto, así que nos enfundamos de nuevo todo el equipo. A la media hora, la lluvia cesó de nuevo y yo, en una decisión libre, personal y testaruda, me volví a despojar del impermeable. ¡Ya estaba bien, hombre! El resto de la expedición aceptó mi decisión, aunque no la compartió, y no volvimos a parar hasta Igaratza.

PD: Tampoco volvió a llover.

No hay comentarios: