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sábado, 23 de agosto de 2014

El poder de la fibra.

Tras comer en la ermita fuimos a coger agua. No habíamos visto gente en todo el día y nos parecía muy extraño para un sábado, aunque hubiera llovido. Pensamos que estarían recogiendo setas. De pronto, una pareja apareció de la nada y se sentó a comer en una roca, junto a la fuente. Les saludamos pero no nos devolvieron el saludo y nos giramos para llenar las cantimploras. Cuando terminamos, nos volvimos, y ya no estaban. (Aquí un "tachaaaaan" de película de miedo).

Nos quedaba poco hasta nuestro lugar de acampada y retomamos la ruta.


La temperatura rondaba los quince grados y, por la hora que era, no subiría más. Decidimos montar la tienda en cuanto llegáramos y caminamos decididos contemplando el paisaje, las ovejas y la gran cantidad de caballos que pastaban por las campas. Y quien come mucha fibra...


En nuestro lugar para el vivac no hay mucho sitio para plantar la tienda y, justo en medio, un caballo había alzado una torre que ríase usted de la de Babel. En su "honor", fueron lanzados a los cuatro vientos, improperios en al menos cinco idiomas (alguno de ellos inventado).

Como expertos limpiadores, empleamos tres sistemas complementarios. En primer lugar, y para los trozos secos, optamos por el noble deporte del fútbol (menos noble con semejantes balones); para los más frescos, pero aún con forma, la técnica de los palillos chinos; y para la base empastada, unas rocas calizas hicieron los usos de palas. Precisamos, por fin, de una bolsa de plástico entre tienda y suelo pues los resultados no fueron del todo satisfactorios.

Para Aimar era la segunda vez que acampábamos y estaba algo nervioso. La niebla empezaba a cubrir los montes y decidimos cenar pronto y meternos en la tienda. Unas partiditas de cartas, unos cuentos y, antes de las diez, ya planchábamos oreja en los sacos.



PD: Aunque la noche no fue del todo tranquila.

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