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sábado, 16 de agosto de 2014

Cantos de sirena.

La mañana se presentaba perfecta para andar. La temperatura era agradable y las nubes se alternaban con el cielo azul.



En nuestro habitual avituallamiento en Pagomari, nos encontramos el chocolate incorrupto; tal vez fuera una señal, pero no supimos verla. Pronto llegamos a Igaratza y decidimos detenernos a comer. No queríamos vernos en la tesitura del año pasado, escasos de líquido, y comimos, bebimos y rellenamos las cantimploras hasta el borde. Sin embargo, la situación era más similar a la de hace dos, cuando las temperaturas suaves hicieron que nos sobrara mucha agua. Había que decidir, y elegimos pasearla, aunque no nos la bebiésemos. Pobres cuitados.

Continuamos caminando. El paso era alegre y, mientras nos adentrábamos en Aralar, yo iba definiendo la elección pendiente; y por pendiente no iba a ser, intentaríamos subir al Ganbo (14.130 dm.). Los motivos de la decisión fueron varios. En el dos mil doce, pasamos por el collado Lizaso y la niebla nos hizo renunciar, el año pasado fue la intrincada búsqueda del ammonite. Sí, tenía que ser Ganbo.

En mi ingenuidad llevaba la ruta en la cabeza como algo relativamente sencillo: llegar al collado Irazusta y luego subir directos a la cima. Pero recordé que, desde el collado Lizaso, también se podía acceder y me pareció que sería mejor. Y todo hubiera ido bien si hubiera mantenido cualquiera de esas dos opciones pero, en aquellos mares verdes, creí oír cantos de sirena y comenzamos a vagar campo a través buscando un camino directo que nos (me) pareció más sencillo (atajo creo que lo llaman).



Y así es como acabamos bordeando una peña y comprobando que habíamos rodeado el Ganbo y estábamos entre éste y el Ganbo-txiki, pero con un cortado en medio. El paso era complicado, había que perder mucha altura y, además, no sabíamos si, detrás de las rocas, el camino sería franco hasta la cumbre. Optamos por subir a la peña para buscar otra vía. Un par de buitres nos esperaban tranquilos y hambrientos, y no paraban de mirarnos. Cuando nos acercamos echaron a volar.


Encontramos una pequeña senda que nos puso a los pies de la rampa final, de manera que no quedaba más que subirla para cumplir nuestro objetivo. Sin embargo, la pendiente era muy fuerte y el cansancio, a esas alturas (del día) empezó a pasar factura; la mochila "minimalista" tampoco ayudó demasiado aunque a Asier no pareció afectarle. Y digo pareció porque, cuando el camino se fue poniendo horizontal, echó a correr hasta los buzones. Él, solo, con su mochilón, con sus horas de caminata, con su frugal comida y con sus santos... narices.

(un caballo mira alucinado a Asier)

_¡Aita, corre, rápido! ¡Los buzones son super bonitos!- gritaba mientras corría.

Yo, con mi sabiduría de años, sabía que los buzones no tenían intención de irse a ninguna parte y que me estarían esperando para cuando llegara, así que seguí a mi ritmo.

Descansamos y contemplamos todo Aralar: Txindoki, Malloak,... el horizonte se veía muy lejano, aunque las nubes altas ya habían empezado a cubrir todo el cielo. Eufóricos, nos tomamos nuestro tiempo antes de empezar el descenso. Esta vez sin experimentos.



PD: Por la clásica del collado Lizaso.
PD2: Y dejamos la nota en el buzón.

3 comentarios:

Ander Izagirre dijo...

Queda abierta la Vía de los Fanjul.

Anónimo dijo...

¡El Ganbo! Como decía Drácula: "Eso no son cosas de risa... ".
Zorionak.
Iñaki M.

Sergio dijo...

Una vía, Ander, que no será repetida en mucho tiempo (espero).
Allí lo dejamos, Iñaki, para cuando te toque subirlo con los chavales.