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lunes, 7 de julio de 2014

Un día de pesca.

Diariamente me llegan al correo electrónico multitud de ofertas de páginas a las que me he ido suscribiendo y de las que no me termino de borrar. El motivo no lo sé, pero ahí están, pasando por delante de mis ojos sin que les haga el menor caso. Hasta que hace cosa de un mes, una me llamó la atención. Era una clase de pesca. Hora y media con un monitor que prometía enseñar nudos, cebos, zonas, mareas, ... Ellos ponían las cañas y, para rematar, la edad mínima eran ocho años. Sin dudarlo, cogí dos bonos.

Aimar lleva tiempo queriendo ir a pescar. Nieves sí que sabe algo de cebos y guarradas de esas; yo, a qué extremo va el anzuelo. Tenemos una vieja caña, pero es de unos tres metros, pesa un quintal y está más adaptada a la pesca del bonito que a un día de asueto con niños. Era una buena oportunidad.

Una vez cogidos los bonos, era necesario hablar con ellos y escoger un día, un horario y un lugar de entre los que proponían. Miramos las previsiones del tiempo para los primeros días de vacaciones pero no eran demasiado halagüeñas. Lo consultamos y nos comentaron que, si el tiempo era muy malo, la cita se suspendía, así que seguimos adelante.

El día de pesca amaneció despejado. Cerca del mediodía, en las escaleras del Aquarium, les esperaba Igor con una camiseta naranja. Únicamente se presentaron Asier y Aimar, y Nieves fue con ellos. Subieron hasta la esquina del mirador, donde antes el ayuntamiento nos dejaba correr delante de las olas en días de temporal, y durante hora y media hablaron de cebos, de anzuelos, de nudos, de cañas,... A ellos les dejó unas de fibra de carbono de 2,10 m., muy ligeras y manejables; algo menos para Aimar, aunque se las apañó bien. Igor les contó que llevaba enganchado a la pesca desde pequeño y demostró una paciencia acorde con su afición.

Tras infinidad de lanzamientos infructuosos, donde recogían el sedal con el cebo comido, el primero en pescar fue Asier. Sacó una hermosa kabuxa que aguantó pacientemente la curiosidad infantil antes de ser devuelta al agua.



Poco más tarde, también picaron en la caña de Aimar. La altura hasta el agua era considerable, de unos quince metros, pero aguantó firme mientras recogía el carrete y la pieza subía poco a poco. Cuando llegó arriba, una cabrita pendía de su anzuelo.


PD: Que piquen el primer día es como ganar un premio de fotografía la primera vez que te presentas a un concurso, luego no hay manera de desengancharse.

2 comentarios:

eresfea dijo...

Ya está: "El día de la kabuxa y la cabrita". La primera jornada de pesca es inolvidable.

Sergio dijo...

Lo es.