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jueves, 8 de mayo de 2014

Una de romanos.

Corría el año I D.C.* y César contemplaba, sentado en su balanza (romana, obviamente),  la extensión de sus conquistas. Había conseguido mantener alejadas a las hordas de napolitanas que intentaban asentarse en sus dominios; vadeado ríos efervescentes; reducido a la nada aquellas imponentes montañas hojaldradas, otrora tan deseadas; y respiraba, relajado, el aroma de una victoria verde (aliñada con un poco de vinagre y unas gotitas de aceite). Sin embargo, en su ingenuidad, creía que todo el monte era orégano, sin caer en la cuenta de que eso le iba a recordar el sabor de una buena pizza.

Pasaron los meses y las tribus de omelettos del este empezaron a infiltrarse; fueron los primeros. Más tarde, los siguieron pequeños grupos de sacramentados, quienes hacían incursiones de vez en cuando, mermando su resistencia. Pero fue durante los idus de diciembre cuando, al regresar al hogar, una tartae de chocolate le esperaba a traición.

(sacramentados acechando en la niebla)

"Tu quoque, Nievaes".- acertó a balbucear con la boca llena.

La balanza cedió al envite calórico y, durante un tiempo, el perímetro del imperio fue ensanchándose. Tras los fastos de decembris, retomó la lucha y, poco a poco, fue reduciendo los efectos de aquellas dulces derrotas.

Se encontraba en esa batalla cuando de las tribus del norte le llegó una ayuda inesperada. Era una vestimenta que lucía una etiqueta. La recortó y la incorporó a su escudo de armas, junto al café humeante y el chorizo rampante: "L".


Animado, retomó la lucha, hambriento de victoria.

PD: Entre otras cosas.
PD2: Los sabios romanos no fueron capaces de entender que L fuera menor que XL.

*D.C. = dejando de comer.

2 comentarios:

Roberto Gómez dijo...

¡Ave césar!, los que van a comer te saludan.

Sergio dijo...

¿En tu casa? Cuándo digas.