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viernes, 11 de abril de 2014

Txindoki (13.420 dm.)

Aimar tenía un compromiso ineludible para la tarde del sábado, asistir al cumpleaños de su mejor amigo, J. El evento era a las cinco pero el tiempo necesario para los preparativos no era compatible ni siquiera con una mañanera. Y así, mientras él (con su madre) se tiraba una hora larga en la juguetería (¡qué menos!), preparaba una pulsera de gomas de sus colores favoritos y escogía una carta de Invizimals adecuada a los gustos de su amigo, Asier y yo nos íbamos al Txindoki (Larrunarri) de 13.420 dm.

La última vez que nos pasamos por la zona no pudimos encontrar la cafetería que nos recomendó Josean. Esta vez, aprovechamos la tecnología y, tras una infructuosa búsqueda en Google, accedimos a Google Earth y nos "pateamos" desde casa la zona a pie de calle. Tras un paseo, la localizamos y, el sábado, la encontramos tal cual, redesayunando y adquiriendo víveres para una jornada que se presentaba interesante.





Llegamos a Amezketa y nos encontramos la carretera cortada por un rallye. Tuvimos que pagar diez euros para que nos dejaran pasar. Como no nos íbamos a quedar, nos dijeron que nos los devolverían en la salida de Larraitz. Y eso hicieron.

Dejamos el coche y miramos hacia arriba. La mañana amanecía fresca y con nubes. La predicción anunciaba que despejaría, pero últimamente no coordinamos bien las horas de ascensión con las de buen tiempo.


La ruta clásica no tiene pérdida así que, por esa parte, no había ningún problema. Sin embargo, el camino va en continuo ascenso desde el comienzo y la exigencia es completa. Tardamos un tiempo pero conseguimos acompasar nuestro paso al ritmo de los pulmones (bueno, yo). En cuanto cogimos altura, cerca de un pinar, divisamos entra las ramas el vecino Ausa-Gaztelu, que tanto nos gustó en su día.

Las cortas paradas para aligerar la ropa, beber y comer galletas se iban sucediendo deliciosamente hasta que llegamos a Oria Iturri. Allí nos detuvimos, nos quitamos las mochilas y echamos un vistazo a lo que aún nos restaba. El collado quedaba a la vista pero el tramo final y la cima se empezaban a cubrir de niebla. Comenzó a chispear, pero no lo suficiente como para que nos tuviéramos que proteger y, tras descansar, seguimos adelante; bueno, adelante y arriba.


Dejamos a la izquierda la directa al collado Egurral. A Asier le hizo gracia un cartel que indicaba la prohibición de hacer volteretas mortales hacia atrás, colocado al inicio de la pendiente. En fin, siempre hay algún gracioso que lo intenta, seguro.

(un clic para ver al graciosillo)

No sin esfuerzo, llegamos al collado, donde unos gritos nos asustaron. Una grupo de niños bajaba armando una gran barahúnda. Iban en plan alpino, sin mochilas, sin agua, ... Los padres sí llevaban alguna que otra mochila pero la ligereza de las mismas, unidas a su velocidad, denotaban el ansia de comer caliente. A ese ritmo, para las dos estaban en Larraitz (si no se resbalaban antes).

Porque ese era el motivo principal de la algarada. La subida final estaba completamente embarrada; algo habitual, por otro lado. La ladera es, desde hace mucho, un reguero de caminos que van por donde les parece. Ser una de las montañas clásicas es lo que tiene y la consecuencia es que la capa de hierba ha desaparecido. Para intentar arreglar la situación, han colocado una serie de vallas de madera para encauzar a la gente y que el resto de las sendas vuelvan a verdear. El tiempo lo dirá pero, mientras tanto, al primer paso, ya teníamos las botas con un zueco de barro imposible de despegar. Con mucho cuidado fuimos cogiendo altura y pisando entre las rocas para evitar deslizarnos. La niebla cubría ya la cima, y yo andaba pensando en cómo diablos bajaríamos después; di gracias por tener pantalones de repuesto en el coche.


Llegamos a la cumbre sin mayor problema que echar manos de vez en cuando para agarrarnos a la roca, y compartimos alegría con otros montañeros y con un petirrojo que se acercó por ahí. Como no comimos nada, se fue enseguida. Nosotros hicimos lo propio. Dejamos la nota en el buzón, cogimos una de otro de los buzones, nos limpiamos con cuidado la suela de las botas para empezar de cero y comenzamos el descenso.


Tuvimos menos problemas de los esperados. Según bajábamos, la niebla se fue despejando y pudimos ver una ruta alternativa a la de la ascensión, algo más cómoda y menos embarrada. Erosionamos lo justo y nos paramos en la fuente que hay encima de la majada de Elutsetane. Mientras comíamos, salió el sol y largartijeamos un rato, aprovechando para depurar la técnica con la navaja, antes de emprender el regreso.



Volvimos con pena. A la altura de Oria Iturri, el Txindoki nos mostró su cara más amable (aunque otros quizás no piensen lo mismo).


Ya en Larraitz, nos fuimos a tomar algo...

 (no sé, cualquier cosa, lo primero que se nos ocurrió)

... y, al salir, nos acercamos al parque, donde unas tirolinas y unas redes entre los árboles, no fueron capaces de terminar con la energía de Asier. Yo, completamente fundido, contemplaba atónito la escena.

PD:Para un niño de diez años no supone mayor problema subir un desnivel de mil metros (sin restar los méritos debidos); el reto no es físico, es mental. ¿Cuándo es el momento? No lo sé, el nuestro fue este sábado.

4 comentarios:

Roberto Gómez dijo...

¡Todo un clásico!.Es impresionante su imagen desde Tolosa : ¿Y la foto?.

Sergio dijo...

Si quieres una foto con vistas desde arriba, echa un vistazo a un folio en blanco (no confundir con el mapa del interior de Groenlandia).

Anónimo dijo...

Zorionak!!
La semana pasada asistí a una muy interesante charla en Anoeta sobre la motivación en los chavales. Para mi agrado, uno de los ejemplos que puso el psicólogo especialista de esfuerzo físico y mental, con recompensa diferida (no inmediata) es el de IR AL MONTE.
Así que: doble Zorionak!

Iñaki M.

Sergio dijo...

Agujetas diferidas las voy a llamar.