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jueves, 3 de abril de 2014

Del jurásico a su mesa.

Una vez fuera de la cueva nos acordamos de temas más mundanos y buscamos un sitio para comer. Tuvimos que andar un poco hasta encontrar un pequeño claro donde sentarnos y dar buena cuenta de las viandas porteadas. Desde las patatas fritas, pasando por el paté de campaña (glorioso) y terminando con el vino aireado, en el bosque quedará el recuerdo de una comida disfrutada en grata compañía.

Nos desperezamos y emprendimos lo que, creía, iba a ser un anodino descenso hasta Iribas. ¡Qué equivocado estaba! El día aún nos deparaba algunas insospechadas sorpresas. Caminando por el bosque llegamos hasta el dolmen de Txuritxoberri.



Nos detuvimos un rato. Al corría de aquí para allá mientras Carlos le lanzaba palos. Aimar empezaba a curiosear; eso de lanzar cosas y que te las traigan... En una de éstas, se animó y el perro le trajo el palo de vuelta. Una amistad para siempre quedó forjada con aquel gesto. Desde aquel momento, Aimar estuvo pendiente de que a Al no le faltaran ramas que recoger; que no fueran siempre devueltas no empañó para nada el vínculo creado.

Seguimos adelante hasta que llegamos a una pequeña poza. ¡Renacuajos! Mientras los demás se afanaban en coger crías de anfibios, Asier, el del ojo entrenado, supo reconocer entre el barro un nuevo tesoro para su colección. En su mano, liberada por fin, tras siglos esperando, sostenía una Rhynchonela.

_Es del Jurásico.- le dijo Josean. Lo mejor es que la limpies con algo de vinagre y luego agua.
_Aita, ¿tenemos vinagre en casa?

(Foto de la Rhynchonela limpia, en breve)

Continuamos. Asier bajaba charlando con Miguel, Aimar jugaba a las adivinanzas con Lucía, alguna salamandra se cruzó en nuestro camino,... Pero aún faltaba el fin de fiesta, Aitzarrieta, donde nace el río Ertzilla y un poco más adelante se sumerge.


El paraje era una futura promesa de tarde veraniega con río manso, pozas para refrescarse y campas donde aposentar los reales y dejar que el tiempo discurra despacio ante tus ojos. Dejamos el lugar caminando lentamente. El día tocaba a su fin y nos resistíamos a que terminara. Llegamos a Iribas y los niños se pusieron a jugar en el frontón (¿cansados? ¿quién dijo cansados?). Mientras unos lo hacían al fútbol con una pelota de tenis, otros saltaban a la comba al estilo navarro.



Al final, nos faltaron horas. Volvimos a casa pensando en los amigos que se hacen en el monte, en el extraño vínculo que se crea entre los que andan y disfrutan juntos de la naturaleza, en las oportunidades aprovechadas.

Pd: Y la certeza de que repetiremos.



3 comentarios:

eresfea dijo...

He disfrutado un montón leyendo, Sergio, y la fotografía de la comba navarra..., ¡gloriosa!

Anónimo dijo...

Precioso. Esos días, que salen redondos...

Iñaki M.

Sergio dijo...

Sí, eresfea, tengo que hablar con Carlos a ver qué comen en Pamplona.
Cierto, Iñaki, y además de redondo, una ruta circular.