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martes, 1 de abril de 2014

De cuevas (de Alli para Alli).

Todo se gestó dos días antes, en una cena prevista con gran antelación.
_El domingo he quedado con Carlos y su familia para ir de cuevas. Ya le conoces. Si te apuntas... -dijo Josean.
_Lo consulto - le contesté. Mañana (por el sábado) teníamos previsto ir al monte y no sé si entre deberes y todo eso... Te llamo.
_Vale.

Y le llamé.

El domingo salimos, no temprano, pero como sí (cambio horario mendiante), rumbo a Lekunberri, haciendo una pequeña escala en Lasarte, donde Pilar se unió al convoy. Dábamos buena cuenta del redesayuno cuando aparecieron Carlos, con Miguel y Lucía, acompañados de su madre, Bea, y del benjamín de la familia, Daniel. Ya estábamos todos (o al menos eso creía entonces). Tras las presentaciones, los niños se fueron a la sala de juegos de la cafetería mientras nosotros les veíamos por la televisión (divertido ese circuito interno), y terminábamos de organizar las cosas.

Algo antes de las once llegamos a Iribas. Nos estábamos calzando las botas cuando el duodécimo invitado hizo su entrada triunfal. De la furgoneta de Carlos surgió Al, un pointer inglés. Gran alzada, pelo corto y negro, salió corriendo y brincando por todas partes. Toda una fuerza de la naturaleza. Asier y Aimar tienen ciertos reparos con los perros y miraban precavidos las idas y venidas del animal; pronto cambiarían de parecer.



Fiamos nuestros pasos a quien ya había hecho esa ruta y nos adentramos en el bosque subiendo, bajando, cambiando de sendero, volviendo a subir,... Miguel tenía que terminar un trabajo de clase, un herbario, y los niños (y no tan niños) buscaban hojas para ayudarle. No solo había que recolectar sino que también era necesario identificar lo recogido. Ningún problema, una vez más teníamos la fortuna de contar con un guía de la vieja escuela. Tuvimos un recuerdo para ese agraciado profesor que mandaba hacer un herbario cuando la primavera aún no había tenido tiempo de comenzar. ¿He dicho agraciado? Bueno, dejémoslo así.

Llegamos a Alli 1, la primera cueva. Carlos se quedó con Al a la entrada mientras los demás bajábamos a explorar. Aimar descendía resuelto aunque inquieto; podía haber murciélagos. No los encontramos. En su lugar, inscripciones de casi un siglo tapizaban algunas paredes del fondo. Una pátina de caliza empezaba a cubrirlas; la cueva estaba viva y terminaría borrando aquel recuerdo.




Salimos y nos encaminamos a la otra cueva cercana, Alli 2. Esta vez profundizamos más en la tierra y, nada más entrar, encontramos el primer murciélago. Se había cuidado de ponerse a dormir en una zona relativamente elevada pero el mero hecho de haberlo visto ya colmaba algunas de las expectativas infantiles. Penetramos más en la penumbra y encontramos el segundo animal del día, aunque no era el que esperábamos.



Tras el avistamiento del tiburón nos dirigimos a la salida pero, justo antes de llegar, nos desviamos. Un último murciélago, más accesible que el primero, fue deslumbrado por las linternas y ensordecido por las muestras de emoción; el pobre se quejó bostezando.




Pensábamos que la jornada tocaba a su fin, pero nada más lejos de la realidad. Aún nos esperaban muchas aventuras.

PD: Algunas desde hacía millones de años.
PD2: Hay segunda parte.


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