www.flickr.com

jueves, 23 de enero de 2014

Ecos de la tamborrada.

Aimar está nervioso. Este año es su primera participación en la tamborrada infantil y nada ni nadie puede evitar que salga a desfilar el día de San Sebastián. Bueno, nadie, no, dejémoslo en nada. La mañana amanece desapacible pero a la hora convenida está en el colegio con su hermano y su madre. A Asier le dan su barril, a Aimar su hacha de gastador y se quedan esperando la decisión final sobre si se sale o no.

Salen.

 En Alderdi Eder estoy esperando yo. Tengo un pase (gracias, s.f.g.) y voy fotografiando a los niños que se van congregando frente al ayuntamiento. Llegan los míos, pero están tan apretados que apenas puedo hacer fotos. Sin embargo, a través de un resquicio, inmortalizo de forma inequívoca el espíritu familiar: ese morrión ladeado me trae recuerdos de otra primera vez.


Llueve, a ratos hasta graniza, pero la ilusión y un paso vivo evitan que los chavales se enfríen; los que aún esperan en Alderdi Eder no lo estarán pasando tan bien.

Aimar camina con paso marcial: el hacha en el hombro derecho, la mano izquierda contra el pecho. Yo voy con ellos, yendo de un lado a otro fotografiando a los niños del colegio cuando me doy cuenta de algo extraño; la postura de Aimar no me parece del todo natural. En un momento que se detienen aprovecho a preguntarle:

_¿Qué haces con esa mano, Aimar?

El pobre gizajo la baja y me enseña, con gesto preocupado, la medalla que les han dado de recuerdo por salir en la tamborrada.

_Es que no quiero que se me oxide.- me dice afligido.
_No te preocupes, cuando lleguemos a casa la secamos y no se estropeará.

La compañía reanuda el desfile. Aimar baja la mano y continúa caminando más relajado, mientras una lluvia fina moja la cinta de colores.

PD: Que secamos con mucho mucho cuidado al llegar a casa.
PD2: No se estropeó.

No hay comentarios: