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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Valle de Tena.

Este año adelantamos la cita con nuestros amigos de Bilbao (en el sentido amplio del término "Bilbao"). Al estilo del juego de la oca, saltamos de puente (de diciembre) a puente (de noviembre) porque nos lleva la corriente (del río Gállego) y elegimos para nuestro deambular el Valle de Tena.

Había consultado con nuestro guía favorito sobre unas rutas. La web va muy bien para esas cosas pero está llena de trepa-cimas y no puedes fiarte de los horarios y valoraciones de dificultad; no con niños. Josean conoce bien a los muchachos y fue claro: "Los ibones azules son un exceso si no dormís en el refugio de Bachimaña. Las rutas por el valle de Tena tienden a la "exigencia": recorridos largos, desniveles fuertes." Acompañó su consejo con cuatro pinceladas que abarcaban todas las posibilidades: exigente, factible, sencilla y dominguera. Teníamos donde escoger.

Solo contábamos con tres días, dos de monte. Así pues, el jueves fuimos llegando poco a poco a la casa. Tras medias cenas, risas y batallitas, nos fuimos tarde a la cama con lo que el amanecer se estiró como si no se hubiera cambiado la hora.

La casa estaba muy bien situada, en Escarrilla, y no tardamos mucho en aproximarnos al comienzo de nuestra primera excursión, el corral de las mulas, cerca de la estación de esquí de Anayet. Ya habíamos intentado esa ruta hacía dos años pero la nieve y el hielo nos lo impidieron. Calzamos las botas y nos dirigimos al Ibón de Anayet.


Efectivamente, la ruta era exigente, larga y con un desnivel importante. Sin embargo, la única dificultad real eran las horas de luz. Subir; disfrutar de las vistas sobre el ibón, el pico y el vecino y lejano Midi d'Ossau; comer y bajar, agotaron el día.



A eso de las seis retomábamos la carretera bajo una fina llovizna, predicción posible para el día siguiente.

El sábado amaneció sin lluvia, con lo que nos preparamos para la segunda excursión: el refugio e ibón de Bachimaña. La ruta también era larga y con exigencia al comienzo y al final. Sin embargo, las vistas y un par de cascadas, daban valor al camino independientemente del resultado.


Y así fue. Un comienzo alargado por distintos motivos (falta de previsión en el avituallamiento, necesidad de comprar agua ante el "chocolate" que salía por los grifos,...) depararon que empezáramos a andar a mediodía.

El camino es precioso y tiene un par de zonas habilitadas con un cable que le dan un plus de "riesgo". Realmente no es tal, a menos que las heladas hayan convertido la roca en cristal; en nuestro caso no era así.

Pero el tiempo pasaba y yo hacía mis cálculos. Llegaríamos hacia las tres y media, comida, descanso, fotos,... saldríamos a las cuatro. Nos quedarían dos horas para bajar y ningún margen para el error. Mejor que no. Hacia las dos de la tarde llegamos a una zona del río para reflexionar. Tras un cónclave decidimos bajar todos. De cualquier modo, la rampa final tampoco pintaba demasiado bien.


Desanduvimos nuestros pasos y terminamos comiendo en casa.

El domingo regresamos encantados con el valle de Tena. La sensación de "pirineo" es completa y volvemos con tareas pendientes: llegar hasta los ibones azules.

PD: Durmiendo en el refugio de Bachimaña, por supuesto.

4 comentarios:

eresfea dijo...

Jo, Sergio, te voy a portear en la mochila para que hagas fotos. (A los niños ya los cargará Patxi).

Sergio dijo...

¿Y pisarte las setas que lleves guardadas? Quita, quita. Aunque, pensándolo bien, sería una perspectiva interesante y vertiginosa.

Anónimo dijo...

Me apunto a lo de Ibones azules.

Ainhoa

Sergio dijo...

Apuntado, Ainhoa. Te tendré al tanto.