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viernes, 15 de noviembre de 2013

El sabor de la victoria.

Subía la rampa de acceso al gimnasio como quien se acerca al cadalso. De pronto, noté una sombra. Durante un instante pensé que habría sido la luz de una farola; a esas horas del otoño ya no se ve bien a media tarde. No será nada, pensé, pero aceleré el paso. Sentía su presencia cada vez más cerca. Me acercaba a la doble puerta de entrada. La más cercana estaba cerrada; la más alejada, abierta. Opté por abrir la primera. Sí, tardaría más, pero luego tendría paso directo hacia los tornos de acceso. Por el rabillo del ojo, atisbé la sombra que me seguía. Era alta, y llevaba una mochila, como yo. Anduve hacia las barreras giratorias. Ya tenía mi tarjeta en la mano y la introduje rápidamente. En la otra barrera, una madre con su hijo terminaban de pasar. Pude ver una mano peluda introduciendo su pase amarillo justo cuando yo empezaba a franquear la entrada. Caminé un par de pasos y giré a la derecha. Frente a mi, diez metros de pasillo ancho; aumenté la zancada. Llegado al final tenía que volver a girar a la derecha. Lo hice. La zona de taquillas se presentaba despejada. Solo quedaba una libre. Introduje en la cerradura el euro que tenía preparado en la mano y cerré el pestillo.

Cuando entraba en el vestuario pude verle. Estaba ahí, quieto, erguido, vencido, esperando que alguien desocupara una taquilla para poder entrar.

PD: Cuando me cambié, comprobé que ya había empezado a sudar.
PD2: Lo desconté del tiempo de calentamiento.

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