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sábado, 17 de agosto de 2013

Repartiendo deseos.

Llegamos exhaustos (bueno, yo) al lugar del año pasado y sacamos las esterillas. Aún era temprano para armar la tienda y nos tumbamos a descansar. Aprovechamos también para poner las cantimploras al sol y que Lorenzo diera buena cuenta de los bichos microscópicos que acechaban dentro (si es que lo hacían). Llamamos a casa.



No había mucha cobertura y decidimos volver a llamar más tarde cogiendo algo más de altura. El tiempo pasaba y sacamos la tienda de campaña. La montamos en un visto y no visto, y organizamos todos los enseres. Mientras calentábamos la comida, el mar de nubes sobre el Goierri tornaba de color y pudimos disfrutar de una cena con vistas increíbles.


Nos metimos pronto en los sacos y pusimos el despertador a las dos de la madrugada. Sin embargo, a medianoche me levanté para echar un vistazo. El espectáculo era impresionante. Sobre nosotros, la vía lactea se podía contemplar con toda claridad. La Luna se había puesto ya, pero se podía ver en la penumbra; las luces de los pueblos del valle alcanzaban hasta allí. Estuve fuera de la tienda unos minutos y, en ese tiempo, pude avistar tres estrellas fugaces. No había una sola nube y decidí volver al calor y no despertar a Asier hasta la hora prevista. Cuanto más tarde, más perséidas se verían.

No sé por qué motivo, a la una de la madrugada me dio por asomarme por el ventanuco de la tienda. Algo me decía que las cosas podían torcerse. Salí y, en efecto, por el cielo empezaban a aparecer nubes. Desperté a Asier.

_Hijo, venga, vamos a echar un vistazo, que empieza a nublarse.
_Jo, si no me he dormido.
_(No, ya).
_¿Me visto?
_No, vamos a asomarnos así.

Y metidos en los sacos, asomamos medio cuerpo y miramos hacia el este. Asier se apoyó sobre mí y estuvimos así dos o tres minutos. Pero nada, no vimos ni una estrella fugaz, aunque dudo que Asier hubiera podido ver ninguna.

_Aita.
_Qué.
_Me estoy durmiendo. ¿Puedo volver a la tienda?

Y así terminó la observación.

A las dos, sonó el despertador y el cielo estaba cubierto. No volví a despertarme hasta las seis. Cuando abrí los ojos y me puse las gafas, vi una estrella fugaz más desde el interior de nuestro refugio, había despejado.


No había salido el sol cuando ya estábamos desayunando y recogiendo. Con el calor de los primeros rayos nos pusimos en marcha y desanduvimos el camino del día anterior. Paramos en Igaratza a llenar las cantimploras y tomar algo y, a la hora de comer, ya estábamos contando nuestras aventuras en casa.

La tarde del lunes se nubló. Aunque no vimos gran cosa, elegimos la noche correcta.

PD: Cuatro estrellas fugaces, cuatro deseos; uno para cada miembro de la familia.

3 comentarios:

eresfea dijo...

Así mucho mejor, que el abuso de la lluvia de estrellas le deja a uno vacío, sin deseos que pedir.

Sergio dijo...

El resto pensaba repartirlos entre los lectores asiduos del blog; con cinco o seis más creo que hubieran bastado.

Anónimo dijo...

Gracias, Sergio, por los buenos deseos...