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lunes, 26 de agosto de 2013

Legados.

De vuelta del vivac de este año, pregunté a Nieves por cómo lo habían pasado en el campo base.

_Bueno, no veas. Éste (por Aimar) no ha querido ir ni a las ferias. Decía que se aburría sin su hermano y que él también quería. La verdad que se le veía triste.

Eso me hizo reconsiderar la idea inicial de esperar al año que viene para su primera vez. Repasando fechas, en aquel vivac de dos mil once,  Asier tenía siete años, la edad de Aimar ahora, pero seis meses más. Según lo acordado, podía llevar su propio saco, mochila, ropa de abrigo, comida, agua,..., algo que Aimar ya puede hacer. Sin embargo, había terminado segundo de primaria, lo que le daba un cierto punto de madurez que Aimar aún no tiene. Así las cosas, y en un cónclave familiar, decidimos que su primera acampada sería en familia y ahora. Las normas iniciales se mantenían; tenía que ser capaz de llevar lo suyo. Íbamos al monte juntos, no le llevábamos.

En cuanto a la intendencia, se nos planteaba el asunto del saco de dormir. Ya llevaba tiempo pensándolo y únicamente adelantamos acontecimientos: heredaría el de Asier y a éste le cogeríamos uno de talla mayor. Tanto en su día como ahora, huimos de sacos infantiles, válidos para dormir en albergues y refugios, y optamos por unos ligeros tipo momia pero de temperatura holgada para nuestras expediciones.

La fecha adecuada apareció ante nuestros ojos como un mapa repleto de soles. El miércoles, veintiuno de agosto, sería el día (y la noche) elegidos. Repetiríamos la ruta del primer año, escogiendo un lugar de acampada con la suficiente dosis de seguridad y aventura, aunque conocido y con acceso garantizado al agua potable. Hicimos las mochilas en un visto y no visto, y nos fuimos a dormir. Remataríamos la noche intentando avistar la nueva nova; si la Luna llena nos dejaba.


Aimar se fue a la cama nervioso.

PD: Asier se encargó de tranquilizarle.

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