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jueves, 15 de agosto de 2013

En busca del ammonite.

Dejamos la romería a nuestras espaldas y seguimos nuestro camino, aunque con el paso no tan ligero. El calor apretaba y a Asier le empezaba a molestar la mochila. No era tanto el peso como la incomodidad. Este año ha pegado un estirón a lo alto, y también a lo ancho pero sobre todo a la altura de los hombros, y la zona lumbar aún no se acomoda todo lo que debiera. Seguimos la ruta de Alotza. La intención era subir a Ganbo y, si las energías lo permitían, continuar hasta Ganbo txiki. También queríamos encontrar un fósil que había visto con Nieves junto a una fuente, allá por el dos mil tres. El problema era que no sabía a qué altura estaba esa fuente, aunque sabía en qué camino.


(fósil de ammonite en el 2003, junto a una fuente de nombre desconocido entonces)

Al cabo de un rato de andar, llegamos a la altura del vivac del año pasado. Seguimos rumbo al collado de Irazusta, vagando por la ladera del Ganbo. Caía un sol de justicia y no era ni la mejor hora ni el mejor lugar para ir caminando. Las reservas de agua iban mermando y el cansancio se acumulaba. Hablé con Asier.

_¿Qué te parece si subimos al Ganbo y ya está?
_Yo quiero ver el fósil.
_¿Seguro? ¿No estás cansado?
_Sí, pero es que me apetece verlo.
_Bueno, ¿y que propones?
_No subimos al Ganbo y vamos a ver el fósil.
_Mira que al final haremos más desnivel y bastante más distancia.
_No importa.

 Ir al monte no es llegar a lo más alto, es hacer camino juntos. Así, ni Ganbo, ni Ganbo txiki, ni Uarrain (que se nos había olvidado pero también pasamos por su base), serían ascendidos en esa ocasión. Pero con esa decisión vino otra necesidad; con el agua que teníamos no nos iba a ser suficiente.

Pasamos el collado Irazusta y nos detuvimos a descansar. Era el punto más alto de toda la jornada. Si nos volvíamos sería un cómodo descenso, si seguíamos adelante, habría que volver a subir. Hice un recuento de las reservas de agua; aún eran suficientes. Justo debajo nuestro estaba el abrevadero de Alotza. En caso de avanzar, podíamos llenar las cantimploras al volver, aunque dudábamos de la calidad del agua. En eso, aparecieron por detrás nuestro un hombre y un pastor. El hombre preguntaba al pastor por un sitio para beber. Parecían no tener en cuenta el pilón porque comentaban algo sobre una fuente escondida. Los saludamos y siguieron su camino, desapareciendo de nuestra vista. Al poco, volvieron a aparecer a la altura del abrevadero. Supuse que aquella fuente estaba seca y los vimos beber del caño. Sin embargo, eso no era garantía de salubridad para unos urbanitas como nosotros, con el mínimo de defensas posibles para sobrevivir.

Estábamos a punto de recoger para seguir adelante cuando vimos subir por la cuesta a un ángel.

PD: Con gafas.



1 comentario:

Roberto Gómez dijo...

¡Más, más!.
Tú también te haces de rogar.