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viernes, 16 de agosto de 2013

De ángeles y hombres.

Por la cuesta subía un chico con gafas. Llevaba una mochila pequeña y tenía las piernas pálidas. Iba a buen ritmo. Cuando llegó a nuestra altura, le pregunté:

_Hola, ¿vienes de Larraitz?
_Sí.
_Es que estamos buscando una fuente que estaba por aquí cerca, al lado izquierdo, junto a unas rocas,...
_Sí, está por allí- comentó señalando unas piedras a lo lejos. Pero está seca.
_Ah, vale. Lo mismo bajamos al abrevadero.
_Mmm, no sé.- dijo, haciendo un mohín. Tenéis la de Igaratza, aunque está un poco lejos.
_Sí, venimos de allí.

De pronto, pareció caer en la cuenta de algo.

_¿Necesitáis agua?- preguntó.
_No, no, gracias, aún tenemos suficiente.
_Vale.

Y siguió su camino.

Nosotros cargamos las mochilas y seguimos el nuestro. Empezamos a bajar dirección Larraitz y llegamos al primer grupo de rocas. Sin embargo, no era allí y continuamos descendiendo hasta el siguiente. Al llegar, vimos el desastre. La fuente no solo estaba seca, sino rota.

Sin nada que pudiéramos hacer, intentamos localizar el fósil. Barrimos la zona, pero nada era como lo recordaba. De pronto, creí ver algo. En el suelo, partido en dos, apareció el ammonite. Estaba muy desgastado y le faltaba un trozo, pero era lo que tanto andábamos buscando. Habíamos llevado una hoja y un carboncillo para hacerle un relieve pero, para nuestra desgracia, estaba cubierto de boñiga y no podíamos desperdiciar agua en su limpieza. Mal asunto.

En eso, a Asier se le ocurrió una idea. Para el buen entendedor, digamos que nos alegramos de ser hombres; por facilidad de acceso, por minuciosidad y, sobre todo, por puntería. Tras la colaboración de padre e hijo, esperamos unos minutos a que el sol secara la superficie y procedimos al esbozo.


(fósil de ammonite en 2013, tras su limpieza)

Habíamos conseguido nuestro objetivo, con lo que solo nos quedaba volver. No habíamos comido gran cosa hasta ese momento y ya era primera hora de la tarde. Asier comentó la posibilidad de buscar un sitio por la zona para plantar la tienda pero no era el lugar adecuado. Hacía demasiado calor, no había ninguna sombra por los alrededores y tampoco teníamos suficiente agua. A eso había que añadir que, al día siguiente aún nos quedarían unas cinco horas hasta el coche. Cargados y cansados, como previsiblemente estaríamos, no era la mejor opción. Sería mejor continuar y acampar en lugar protegido y conocido,  a menos de tres horas del final de la aventura.

Optamos por esto último y, paso a paso, alcanzamos el pilón. El chorro brotaba a medio caudal pero denotaba movimiento. Buena señal. Llenamos las dos cantimploras y sacamos nuestro juguetito para desinfectar el agua. Es un lápiz de luz ultravioleta que se lleva por delante todo lo que no se ve pero que tanto daño hace. Sin embargo, de nada sirve si las pilas están secas; y éstas lo estaban. Me acordé de la lista de cosas del año pasado y de que para el que viene habrá que aumentarla. También me acordé de los familiares y allegados de los fabricantes de juguetitos, de pilas y demás (aunque eso ahora no viene al caso).

No me fiaba del todo. Aún teníamos algo de líquido en las cantimploras. Lo suficiente para comer, recobrar fuerzas y seguir adelante. De pronto, recordé un método que me explicó Ángel, nuestro amigo de la tienda de Izadi. Con dejar una botella transparente al sol durante un tiempo*, los ultravioletas no dejan ni rastro de virus y bacterias. Nuestras cantimploras lo son ex profeso y decidimos esperar a acabar la jornada para que lo que fuera que se ocultara allí, se pusiera moreno.

Emprendimos el último repecho y alcanzamos de nuevo el collado Irazusta. De pronto, nos volvimos a encontrar con el chico de antes.

_Aupa. - le dije yo.
_Aupa.- me contestó. ¿Necesitáis agua?
_No, gracias. Ya hemos cogido en el abrevadero. Sale buen chorro.
_Vale, agur.
_Agur.

Dos veces nos lo habíamos encontrado y las dos nos había ofrecido de beber. En ninguna de las dos nos hizo falta pero es de agradecer que exista gente como esa por estos montes.

Ya solo nos quedaba regular fuerzas antes de vivaquear. El cielo estaba completamente azul. La noche se prometía estrellada.

PD: Todo un ángel.

*Actualización: El tiempo que tiene que estar una botella al sol es aproximadamente seis horas. Nosotros las dejamos dos. Bueno, tal vez no estuviera mala.

2 comentarios:

eresfea dijo...

A la vista está que la limpieza del anmonite fue buena. Si tiene espumita..., tiene jabón, ¿no?

Sergio dijo...

Ventajas del lavado a presión.