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sábado, 31 de agosto de 2013

Olvidos.

Echo en falta en esta celebración a una representación del resto de protagonistas, franceses e ingleses, que tomaron parte en aquel evento de hace dos cientos años. Sin su inestimable colaboración, hoy sería un aburrido fin de semana al final del verano.

A ver si lo mismo se nos ha olvidado invitarles... ¡Qué cabeza!

PD: Perdón por el lapsus; y algún portugués.
PD2: Gracias, Jonathan, por el enlace.

jueves, 29 de agosto de 2013

Toro.

Hace casi treinta años, al volver del colegio, sintonizaba en mi, ya por entonces no tan nueva sanyo de onda media, el programa de radio nacional, "Clásicos populares". Una tarde, una obra me emocionó. Era la obertura de la ópera de Guillermo Tell. Al terminar, el ínclito Fernando Argenta comentaba que era la música que sonaba al comienzo de la serie del Llanero solitario quien, acompañado de su buen amigo, Toro, iban y venían haciendo el bien por las llanuras del lejano oeste. También señalaba un dato, Toro siempre llamaba a su amigo, Kimo Sabi, y daba su traducción al castellanoSin saber cómo se escribía (y sigo sin saberlo), lo anoté en un papel, junto con el nombre de la obra; por si se me olvidaba. Aquel papel se perdió pero hoy, casi treinta años después, comprobé que no se me había olvidado.


Salí de la película "El llanero solitario" con sentimientos encontrados (y aquí comienzan los SPOILERS). Partíamos del hecho de que no era para todos los públicos sino que estaba recomendada para mayores de siete años. Bueno, tal vez con esa edad ya están acostumbrados a muchas cosas, pero sigue habiendo una gran diferencia entre los muertos de dibujos animados y videojuegos, y los "reales". Y en esta película los hay; demasiados.

Cierto que, no hay que olvidarlo, es una película Disney, y a esos nunca les han dolido prendas en matar en sus películas. También (y es otro detalle a tener en cuenta) hay una tendencia en el cine estadounidense a resarcir a los nativos americanos, no ocultando la crudeza e injusticia con las que fueron tratados. Pero esto es un largometraje de entretenimiento orientada al público infantil-juvenil, y las mismas cosas podían haberse mostrado de otra manera menos directa pero igualmente efectiva. Por experiencia de otras películas a las que he ido con Asier, sé que no es necesario ver a una madre muerta para que el personaje transmita el dolor que le ha supuesto esa pérdida. Sí, señores de Disney, los niños tienen empatía.

Con todo, las mencionadas escenas se alternan con otras divertidas e hilarantes. Johnny Depp despliega todo su arte y es el protagonista absoluto a lo largo de las más de dos horas de metraje. Bueno he supuesto que a estas alturas ya tienes que saber que Depp es Toro, el compañero del Llanero solitario a quien, por cierto, llama Kemo (no Kimo) sabi, sin llegar a dar su verdadera traducción al castellano.

Pero todos los altibajos en los que pueda haber ido cayendo la película se perdonan en su larguísima escena final. Como no podía ser de otro modo, comienza con aquella obertura de la ópera de Guillermo Tell que recordaba al principio y es perfectamente clasificable como de "Dos parpadeos"; que son los que darás si decides ir a verla.

En resumen, muchas más luces que sombras en una película con toques de crudeza y que roza el límite de la calificación de edades. Recomendable.

PD: Sí que me acuerdo. Kimo sabi = amigo fiel.
PD2: Titulo la entrada "Toro", ya que en Hollywood no han sido capaces de hacerlo con su película (aunque allí se llama "Tonto").
PD3: Increíblemente he encontrado la foto de mi antigua radio en Google, incluso del mismo color.



miércoles, 28 de agosto de 2013

PNV J20233073+2046041.

Entre juegos, cuentos, paradas y bollos con chocolate transcurrió la mañana caminando hasta Igaratza. A Aimar se le hacía conocido el camino y, llegados a los refugios, preguntó por cuál era en el que íbamos a dormir.

_¿No te acuerdas que hemos traído la tienda de campaña?- respondió Asier.
_Ah, yo pensaba que íbamos a dormir en los sacos.

Seguía nervioso, pero acompañado de su hermano y nosotros lo disimulaba bastante bien.

(mostrando el lugar de acampada: justo ahí, un poco más abajo a la izquierda)

Terminamos la ruta a las cinco y media, demasiado pronto para montar el vivac. Jugamos a las cartas, escucharon la radio compartida (un auricular para cada uno, que no es cuestión de espantar a las ovejas con los altavoces), charlamos... Cerca de las ocho, montamos el campamento y cenamos antes de ver ponerse el sol.


(pintando bastos)

Nos metimos en la tienda a contar historias y echar alguna partidita más. El crepúsculo es muy largo en el monte, y más con el cielo completamente despejado. Cercanos a la medianoche, desde dentro de la tienda parecía que no iba a anochecer nunca. De pronto me acordé, el veintiuno era noche de Luna llena. Si no espabilábamos ahora a ver la nova, no la veríamos nunca.

Nos pusimos las chaquetas, nos calzamos las botas y salimos. La claridad empezaba a asomar por el este. Localicé enseguida el triángulo de verano y esperamos a que se nos dilataran las pupilas antes de buscar nuestro objetivo. Llevaba unos prismáticos pequeños, pero no hizo falta.

_Mirad, chicos. Veis esas tres estrellas de allí.
_Sí.-dijo Asier.
_¿Dónde?-dijo Aimar.
_Esas tres de allí.-dije yo.
_Mira, Aimar,...

Y Asier se encargó.

_Ah, vale, ahora sí.
_Pues seguid un poco a la izquierda y esa es.
_Es muy pequeñita.-dijo Asier.
_Sí, es muy pequeñita.-dijo Aimar.
_Bueno, veréis.-dije yo.

Y les conté; y charlamos un rato sobre las novas, las supernovas y las estrellas que explotan; y les conté todo eso que se puede contar durante una hermosa noche de verano cuando sale la Luna llena.

Ya en la tienda, Aimar se acurrucó entre su hermano y su madre, protegiendo un sueño que le venció al instante. Unos se durmieron antes que otros y, tras el desayuno mañanero, nos despedimos hasta el año que viene de nuestras aventuras nocturnas.

PD: Bueno, quién sabe.
PD2: PNV J20233073+2046041

lunes, 26 de agosto de 2013

Legados.

De vuelta del vivac de este año, pregunté a Nieves por cómo lo habían pasado en el campo base.

_Bueno, no veas. Éste (por Aimar) no ha querido ir ni a las ferias. Decía que se aburría sin su hermano y que él también quería. La verdad que se le veía triste.

Eso me hizo reconsiderar la idea inicial de esperar al año que viene para su primera vez. Repasando fechas, en aquel vivac de dos mil once,  Asier tenía siete años, la edad de Aimar ahora, pero seis meses más. Según lo acordado, podía llevar su propio saco, mochila, ropa de abrigo, comida, agua,..., algo que Aimar ya puede hacer. Sin embargo, había terminado segundo de primaria, lo que le daba un cierto punto de madurez que Aimar aún no tiene. Así las cosas, y en un cónclave familiar, decidimos que su primera acampada sería en familia y ahora. Las normas iniciales se mantenían; tenía que ser capaz de llevar lo suyo. Íbamos al monte juntos, no le llevábamos.

En cuanto a la intendencia, se nos planteaba el asunto del saco de dormir. Ya llevaba tiempo pensándolo y únicamente adelantamos acontecimientos: heredaría el de Asier y a éste le cogeríamos uno de talla mayor. Tanto en su día como ahora, huimos de sacos infantiles, válidos para dormir en albergues y refugios, y optamos por unos ligeros tipo momia pero de temperatura holgada para nuestras expediciones.

La fecha adecuada apareció ante nuestros ojos como un mapa repleto de soles. El miércoles, veintiuno de agosto, sería el día (y la noche) elegidos. Repetiríamos la ruta del primer año, escogiendo un lugar de acampada con la suficiente dosis de seguridad y aventura, aunque conocido y con acceso garantizado al agua potable. Hicimos las mochilas en un visto y no visto, y nos fuimos a dormir. Remataríamos la noche intentando avistar la nueva nova; si la Luna llena nos dejaba.


Aimar se fue a la cama nervioso.

PD: Asier se encargó de tranquilizarle.

sábado, 24 de agosto de 2013

Conservas.

"Los ataudes son las latas de sardinas de los buitres." (Aimar, 7 años)




PD: De la tumba a su mesa.

Diez días.

Diez días después del último vivac, el sol se volvía a poner en Aralar.



Ésta vez no había mar de nubes, pero a ningún miembro de la familia le importó.

 PD: A ninguno de los cuatro.

viernes, 23 de agosto de 2013

Asuntos pendientes.

Nuestros ahora amigos del Alpino Uzturre Elkartea ponen en orden sus asuntos pendientes y envían a Asier (con sobre dirigido a su nombre) la nota que dejamos en abril en la cima de Guratz (9550 dm.)



Sabemos que los buzones montañeros no siempre devuelven sus cartas, que algunas se pierden, que otras se estropean, pero siempre es reconfortante recibir una de ellas. ¡Y con sello y todo!

PD: Gracias, J.L. Barriola.

sábado, 17 de agosto de 2013

Repartiendo deseos.

Llegamos exhaustos (bueno, yo) al lugar del año pasado y sacamos las esterillas. Aún era temprano para armar la tienda y nos tumbamos a descansar. Aprovechamos también para poner las cantimploras al sol y que Lorenzo diera buena cuenta de los bichos microscópicos que acechaban dentro (si es que lo hacían). Llamamos a casa.



No había mucha cobertura y decidimos volver a llamar más tarde cogiendo algo más de altura. El tiempo pasaba y sacamos la tienda de campaña. La montamos en un visto y no visto, y organizamos todos los enseres. Mientras calentábamos la comida, el mar de nubes sobre el Goierri tornaba de color y pudimos disfrutar de una cena con vistas increíbles.


Nos metimos pronto en los sacos y pusimos el despertador a las dos de la madrugada. Sin embargo, a medianoche me levanté para echar un vistazo. El espectáculo era impresionante. Sobre nosotros, la vía lactea se podía contemplar con toda claridad. La Luna se había puesto ya, pero se podía ver en la penumbra; las luces de los pueblos del valle alcanzaban hasta allí. Estuve fuera de la tienda unos minutos y, en ese tiempo, pude avistar tres estrellas fugaces. No había una sola nube y decidí volver al calor y no despertar a Asier hasta la hora prevista. Cuanto más tarde, más perséidas se verían.

No sé por qué motivo, a la una de la madrugada me dio por asomarme por el ventanuco de la tienda. Algo me decía que las cosas podían torcerse. Salí y, en efecto, por el cielo empezaban a aparecer nubes. Desperté a Asier.

_Hijo, venga, vamos a echar un vistazo, que empieza a nublarse.
_Jo, si no me he dormido.
_(No, ya).
_¿Me visto?
_No, vamos a asomarnos así.

Y metidos en los sacos, asomamos medio cuerpo y miramos hacia el este. Asier se apoyó sobre mí y estuvimos así dos o tres minutos. Pero nada, no vimos ni una estrella fugaz, aunque dudo que Asier hubiera podido ver ninguna.

_Aita.
_Qué.
_Me estoy durmiendo. ¿Puedo volver a la tienda?

Y así terminó la observación.

A las dos, sonó el despertador y el cielo estaba cubierto. No volví a despertarme hasta las seis. Cuando abrí los ojos y me puse las gafas, vi una estrella fugaz más desde el interior de nuestro refugio, había despejado.


No había salido el sol cuando ya estábamos desayunando y recogiendo. Con el calor de los primeros rayos nos pusimos en marcha y desanduvimos el camino del día anterior. Paramos en Igaratza a llenar las cantimploras y tomar algo y, a la hora de comer, ya estábamos contando nuestras aventuras en casa.

La tarde del lunes se nubló. Aunque no vimos gran cosa, elegimos la noche correcta.

PD: Cuatro estrellas fugaces, cuatro deseos; uno para cada miembro de la familia.

viernes, 16 de agosto de 2013

De ángeles y hombres.

Por la cuesta subía un chico con gafas. Llevaba una mochila pequeña y tenía las piernas pálidas. Iba a buen ritmo. Cuando llegó a nuestra altura, le pregunté:

_Hola, ¿vienes de Larraitz?
_Sí.
_Es que estamos buscando una fuente que estaba por aquí cerca, al lado izquierdo, junto a unas rocas,...
_Sí, está por allí- comentó señalando unas piedras a lo lejos. Pero está seca.
_Ah, vale. Lo mismo bajamos al abrevadero.
_Mmm, no sé.- dijo, haciendo un mohín. Tenéis la de Igaratza, aunque está un poco lejos.
_Sí, venimos de allí.

De pronto, pareció caer en la cuenta de algo.

_¿Necesitáis agua?- preguntó.
_No, no, gracias, aún tenemos suficiente.
_Vale.

Y siguió su camino.

Nosotros cargamos las mochilas y seguimos el nuestro. Empezamos a bajar dirección Larraitz y llegamos al primer grupo de rocas. Sin embargo, no era allí y continuamos descendiendo hasta el siguiente. Al llegar, vimos el desastre. La fuente no solo estaba seca, sino rota.

Sin nada que pudiéramos hacer, intentamos localizar el fósil. Barrimos la zona, pero nada era como lo recordaba. De pronto, creí ver algo. En el suelo, partido en dos, apareció el ammonite. Estaba muy desgastado y le faltaba un trozo, pero era lo que tanto andábamos buscando. Habíamos llevado una hoja y un carboncillo para hacerle un relieve pero, para nuestra desgracia, estaba cubierto de boñiga y no podíamos desperdiciar agua en su limpieza. Mal asunto.

En eso, a Asier se le ocurrió una idea. Para el buen entendedor, digamos que nos alegramos de ser hombres; por facilidad de acceso, por minuciosidad y, sobre todo, por puntería. Tras la colaboración de padre e hijo, esperamos unos minutos a que el sol secara la superficie y procedimos al esbozo.


(fósil de ammonite en 2013, tras su limpieza)

Habíamos conseguido nuestro objetivo, con lo que solo nos quedaba volver. No habíamos comido gran cosa hasta ese momento y ya era primera hora de la tarde. Asier comentó la posibilidad de buscar un sitio por la zona para plantar la tienda pero no era el lugar adecuado. Hacía demasiado calor, no había ninguna sombra por los alrededores y tampoco teníamos suficiente agua. A eso había que añadir que, al día siguiente aún nos quedarían unas cinco horas hasta el coche. Cargados y cansados, como previsiblemente estaríamos, no era la mejor opción. Sería mejor continuar y acampar en lugar protegido y conocido,  a menos de tres horas del final de la aventura.

Optamos por esto último y, paso a paso, alcanzamos el pilón. El chorro brotaba a medio caudal pero denotaba movimiento. Buena señal. Llenamos las dos cantimploras y sacamos nuestro juguetito para desinfectar el agua. Es un lápiz de luz ultravioleta que se lleva por delante todo lo que no se ve pero que tanto daño hace. Sin embargo, de nada sirve si las pilas están secas; y éstas lo estaban. Me acordé de la lista de cosas del año pasado y de que para el que viene habrá que aumentarla. También me acordé de los familiares y allegados de los fabricantes de juguetitos, de pilas y demás (aunque eso ahora no viene al caso).

No me fiaba del todo. Aún teníamos algo de líquido en las cantimploras. Lo suficiente para comer, recobrar fuerzas y seguir adelante. De pronto, recordé un método que me explicó Ángel, nuestro amigo de la tienda de Izadi. Con dejar una botella transparente al sol durante un tiempo*, los ultravioletas no dejan ni rastro de virus y bacterias. Nuestras cantimploras lo son ex profeso y decidimos esperar a acabar la jornada para que lo que fuera que se ocultara allí, se pusiera moreno.

Emprendimos el último repecho y alcanzamos de nuevo el collado Irazusta. De pronto, nos volvimos a encontrar con el chico de antes.

_Aupa. - le dije yo.
_Aupa.- me contestó. ¿Necesitáis agua?
_No, gracias. Ya hemos cogido en el abrevadero. Sale buen chorro.
_Vale, agur.
_Agur.

Dos veces nos lo habíamos encontrado y las dos nos había ofrecido de beber. En ninguna de las dos nos hizo falta pero es de agradecer que exista gente como esa por estos montes.

Ya solo nos quedaba regular fuerzas antes de vivaquear. El cielo estaba completamente azul. La noche se prometía estrellada.

PD: Todo un ángel.

*Actualización: El tiempo que tiene que estar una botella al sol es aproximadamente seis horas. Nosotros las dejamos dos. Bueno, tal vez no estuviera mala.

jueves, 15 de agosto de 2013

En busca del ammonite.

Dejamos la romería a nuestras espaldas y seguimos nuestro camino, aunque con el paso no tan ligero. El calor apretaba y a Asier le empezaba a molestar la mochila. No era tanto el peso como la incomodidad. Este año ha pegado un estirón a lo alto, y también a lo ancho pero sobre todo a la altura de los hombros, y la zona lumbar aún no se acomoda todo lo que debiera. Seguimos la ruta de Alotza. La intención era subir a Ganbo y, si las energías lo permitían, continuar hasta Ganbo txiki. También queríamos encontrar un fósil que había visto con Nieves junto a una fuente, allá por el dos mil tres. El problema era que no sabía a qué altura estaba esa fuente, aunque sabía en qué camino.


(fósil de ammonite en el 2003, junto a una fuente de nombre desconocido entonces)

Al cabo de un rato de andar, llegamos a la altura del vivac del año pasado. Seguimos rumbo al collado de Irazusta, vagando por la ladera del Ganbo. Caía un sol de justicia y no era ni la mejor hora ni el mejor lugar para ir caminando. Las reservas de agua iban mermando y el cansancio se acumulaba. Hablé con Asier.

_¿Qué te parece si subimos al Ganbo y ya está?
_Yo quiero ver el fósil.
_¿Seguro? ¿No estás cansado?
_Sí, pero es que me apetece verlo.
_Bueno, ¿y que propones?
_No subimos al Ganbo y vamos a ver el fósil.
_Mira que al final haremos más desnivel y bastante más distancia.
_No importa.

 Ir al monte no es llegar a lo más alto, es hacer camino juntos. Así, ni Ganbo, ni Ganbo txiki, ni Uarrain (que se nos había olvidado pero también pasamos por su base), serían ascendidos en esa ocasión. Pero con esa decisión vino otra necesidad; con el agua que teníamos no nos iba a ser suficiente.

Pasamos el collado Irazusta y nos detuvimos a descansar. Era el punto más alto de toda la jornada. Si nos volvíamos sería un cómodo descenso, si seguíamos adelante, habría que volver a subir. Hice un recuento de las reservas de agua; aún eran suficientes. Justo debajo nuestro estaba el abrevadero de Alotza. En caso de avanzar, podíamos llenar las cantimploras al volver, aunque dudábamos de la calidad del agua. En eso, aparecieron por detrás nuestro un hombre y un pastor. El hombre preguntaba al pastor por un sitio para beber. Parecían no tener en cuenta el pilón porque comentaban algo sobre una fuente escondida. Los saludamos y siguieron su camino, desapareciendo de nuestra vista. Al poco, volvieron a aparecer a la altura del abrevadero. Supuse que aquella fuente estaba seca y los vimos beber del caño. Sin embargo, eso no era garantía de salubridad para unos urbanitas como nosotros, con el mínimo de defensas posibles para sobrevivir.

Estábamos a punto de recoger para seguir adelante cuando vimos subir por la cuesta a un ángel.

PD: Con gafas.



miércoles, 14 de agosto de 2013

Decisiones.

Faltaban dos semanas para nuestra cita anual con el vivac. La lluvia de estrellas de San Lorenzo tenía su máximo previsto para la noche del doce al trece, pero una indeleble nubecilla aparecía, día sí, día también, en el mapa de predicción. No era ese el tipo de lluvia que buscábamos. Confiado en el error, esperé y, cuatro días antes, los dibujos cambiaron. Se abría un claro para el fin de semana aunque el lunes por la tarde se volvería a nublar. Decidí esperar un poco más.

Finalmente, el sábado por la mañana actualizaron la web: domingo, despejado; lunes por la mañana, despejado con nubes por la tarde; martes nublado. Teníamos que decidir. Las opciones pasaban por subir el domingo, en plena romería a Igaratza, con buen tiempo pero menor posibilidad de ver las perséidas o ir el lunes, día del máximo, con menos gente pero con muchos boletos para tener el cielo cubierto por la noche. Tras sopesar los pros y los contras (aunque tal vez no lo suficiente) optamos por el domingo.

La experiencia se notó y las mochilas se hicieron casi solas (que tuviéramos hecha la lista del año pasado también ayudó). Sin embargo, siempre falla algo, y en este caso no iba a ser distinto.

El domingo madrugamos y, antes de las diez, parábamos en Lekunberri a por el pan. Primer aviso, no quedaban mas que un par de barras de pan de espiga (o de piña). Cogimos una y continuamos hacia el antiguo guardetxe. A la altura de las campas de Albi, segundo aviso. La gente dejaba el coche y subía por la carretera, lo cual solo podía significar que el aparcamiento estaba lleno. En efecto, cuando llegamos parecía que regalaban algo. No cabía un alfiler. Estábamos a punto de darnos la vuelta cuando un aguerrido desconocido bajó de su coche, quitó una podrida valla de madera que protegía los escombros de la otrora ínclita casa forestal y habilitó un nuevo aparcamiento para unos treinta coches más. Estábamos en el sitio correcto de la fila y fuimos uno de ellos. Calzamos las botas, apretamos las mochilas y comenzamos a andar.

Hasta la fecha solo conocíamos la romería cuando bajábamos. Ahora subíamos con ella. El perfil del romero es de lo más variopinto. Desde el montañero preparado o la paisana con zapatillas, pasando por el pastor (con) todoterreno (quien tiene la llave de la verja lo hace valer) o el practicante de marcha nórdica de bajo presupuesto.


Llegados a Pagomari nos detuvimos a degustar el ya típico bollo machacado con chocolate fundido. Y es que el calor empezaba a notarse, aunque no había llegado lo peor. Seguimos la marcha animados.

Próximos a Igaratza nos acordamos de Jose Mari, un amigo fotógrafo que nos cruzamos de bajada el año pasado. Y, con esas casualidades que dicta el destino, al llegar a la curva desde donde se contemplan los refugios, nos lo volvimos a encontrar. Esta vez, él iba de vuelta y charlamos un rato. Al fondo, la ermita se veía llena de gente y los cantos llegaban hasta nuestros oídos. Eso nos recordó otra cosa que nos llegó el año pasado, no a los oídos sino a la nariz, y decidimos detenernos a comer un bocadillo de chorizo.

Tras la degustación, hicimos cola para llenar las cantimploras: la de litro de Asier y las mías de litro y medio litro, así como la botella de litro que guardaba en la mochila. Dejamos sin llenar la otra botella de litro que guardaba Asier para no sobrecargarle. Ya la llenaríamos antes de acampar.

PD: Pero no fue tan fácil.

lunes, 12 de agosto de 2013

El mar de nubes.

El padre y el hijo contemplaron la puesta de sol sobre el mar de nubes, mientras la Luna les guiñaba el ojo.


PD: A los pies del Pardarri.

viernes, 9 de agosto de 2013

Huesitos.

Los tres mutilzarras repiten su paseo matutino; todos los días, a la misma hora. Tres perros van con ellos; un bóxer de aspecto fiero, un setter inglés venido a menos y un ratonero de mirada lánguida. Los tres hombres se parecen con tres gotas de agua; no en su aspecto, sino en sus andares. Los animales van y vienen al ritmo pausado de sus dueños; imposible saber qué perro acompaña a quién.

La madre repite su paseo matutino; todos los días, a la misma hora. Dos niños van con ella; el mayor, fibroso como un junco; el pequeño, vivaz y de pelo alborotado. La madre se parece a todas las madres como dos gotas de agua. Los niños van y vienen, corriendo y jugando, pero no se alejan demasiado.

Como todos los días, ambos grupos se cruzan en la misma calle sin detenerse. Los niños saludan al ratonero.

_¡Hasta luego, Huesitos!-dice el mayor.
_¡Hasta luego, Huesitos!-dice el pequeño.

En el collar del animal luce una chapa en forma de hueso, de ahí su nombre inventado.


 Al volver a casa, charlan con su padre y le hablan del perro.

_Pero, ¿cómo se llama el perro de verdad? - inquiere el adulto.
_Huesitos.- contesta el pequeño.
_Sí, ya, pero, de verdad.- vuelve a preguntar.
_No lo sabemos.- responde el mayor.
_Pues igual teníais que preguntarlo, no os dé vergüenza.

Un día, tras mucho dudar, se atreven a hablar con el dueño.

_Hola, ¿cómo se llama su perro? - pregunta el mayor.
_Se llama Bat.- responde el hombre.

Los niños, sin más explicaciones, juegan con él un rato.
_Hola, Bat.
_Hola, Bat.

Al poco, cada uno sigue su camino. Los hermanos avanzan charlando.

_Qué majo Huesitos ¿verdad?
_Sí, Huesitos es el perro que más me gusta de los tres.

PD: Yo también prefiero Huesitos.

miércoles, 7 de agosto de 2013

¿Estamos preparados para un viaje en el tiempo?

Tras una maratón de cine viendo Regreso al futuro (I y III), El tiempo en sus manos (versión 1960), Terminator y El Planeta de los simios, una palomita de maíz transgenico-cuántica hace que te traslades en el tiempo a una época muy remota. En dicha época no existe ningún avance tecnológico. Ni siquiera conocen los metales y, por alguna extraña razón (una más qué importa), los humanos tienen nuestro aspecto actual (bueno, casi, tampoco hay jabón). No usan el fuego, aunque lo conocen, ni objetos punzantes o cortantes.

¿Estaríamos capacitados para crear una sociedad como la nuestra? Es una pregunta de ciencia, olvidemos la política y demás zarandajas. ¿Podríamos enseñar a hacer fuego, a obtener metales, a crear instrumentos? ¿Hasta dónde podríamos avanzar antes de que las enfermedades u otra tribu que posea un palo más grande nos borre de la faz de esa Tierra? Ten en cuenta que no te quemarán en la hoguera (todavía no hay fuego) pero las montañas están llenas de acantilados donde despeñarte en caso de que te pases con los adelantos.

A mí no me preguntéis. Supero con mucho la esperanza de vida media de aquella época, con lo que sería candidato a despeñadero por brujería.

PD: ¿Algún lector de menos de treinta y cinco por ahí?

martes, 6 de agosto de 2013

Avaricia.

"Que nada ni nadie nos quite la sed".

(Nuevo eslogan de Font Vella).

¿Y para qué vamos a comprar entonces el agua? Mmm, me da que no se lo han pensado demasiado; o que el caso es vender y vender y vender ...

PD: Aunque me han comentado que las cervezas fresquitas....



jueves, 1 de agosto de 2013

Altitud, agua y arena.

Hemos recorrido media España probando las diferentes combinaciones de altitud, tipos de agua y granulado de la arena.

Así, comenzando por los Picos de Europa, sobre una altitud media de 900 m.s.n.m., nos hemos mojado (pies, manos y cabeza) en aguas frías e impetuosas recién salidas de las entrañas de la montaña, pisando cantos rodados y piedras de generoso tamaño.

En el caso de Ruidera, la altura media ha sido de 800 m.s.n.m. y nos hemos bañado en unas cálidas e iridiscentes aguas mansas; los grijos de sus playas rascaban los callos de nuestros pies.

Por último, un efímero paso por la Villa y Corte, a unos 650 m.s.n.m., nos deparó baños con aguas del Canal de Isabel II, de temperatura y presión variables (vía chorrillo de ducha) y paseos por las duras playas de asfalto (dicho sea lo de la playa con permiso de Los refrescos).

Terminado el estudio y llegado el momento de las conclusiones, determinamos que:

_Las aguas frías (heladas) refrescan más pero no son aptas en caso de querer tener descendencia. Sin embargo, la naturaleza nos protege evitando el baño prolongado al restringirse a pozas de difícil acceso con cantos, algunos más afilados que rodados.
_Las aguas tibias y mansas de La Mancha carecen del oleaje y servicio de limpieza y renovación proporcionado por las mareas oceánicas. Así, ciertas zonas adquieren bonitos matices iridiscentes de distinta tonalidad según el ángulo con que reflejen la luz del astro rey y la última oferta de crema solar del Mercadona.
_Situarse cerca del centro de la península convierte la imperiosa necesidad de ir a la playa en una cuestión de tiempo.
_El término "Local climatizado" no tiene traducción al euskera (para dos días al año no compensa el esfuerzo).
_El concepto "gazpacho" ha derribado las fronteras andaluzas para penetrar en los territorios aledaños (y damos gracias por ello).

Recién llegados de la toma de notas para el estudio, procedimos a un baño en las frescas y procelosas aguas del Cantábrico. En la imagen al pie, se constata, sobre el fino lienzo de la arena de La Concha, lo sanos y fuertes que hemos vuelto (sobre todo a Aimar, segundo por la derecha).


PD: Existe un estudio paralelo sobre frescor nocturno veraniego y su relación con la falta de adherencia ocular durante el sueño.
PD2: Los resultados aquí expuestos no son concluyentes.
PD3: ¡Viva el gazpacho de sandía!

Calendario agosto.

¿Pero el otro día no estaba lloviendo?

PD: Calrrrr....