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jueves, 11 de julio de 2013

Tamaño y fiereza.

Hoy, durante la excursión a La Farfada, tuvimos ocasión de comprobar la relación que hay entre fiereza y tamaño. La conclusión es clara, es inversa.

Lucía julio cálido y luminoso cuando emprendimos la marcha desde el mirador del Tombo. La ruta es corta, apenas hora y media de subida escasa. Sin embargo, está muy expuesta al sol y al calor de la caliza. Antes del bosque, los helechos ocultan peligros casi invisibles. Tras el hayedo, el premio compensa el esfuerzo. El torrente es fresco, recién salido de las entrañas de la montaña unos metros más arriba; no hay camino pero vale la pena trepar para ver la surgencia. Este año el arroyo es caudaloso como nunca y las aguas están muy frías, procedentes de un deshielo aún sin terminar.



Y allí estábamos nosotros, con los pies ora en el agua, ora en una roca cuando, al grito de ¡garrapata! el mundo se detuvo. Aimar en el cuello, Nieves en la camiseta, yo en el pantalón y Asier por partida doble, peleamos con denuedo contra el mayor y más fiero de los ácaros. A persar de mi alergia a los mismos, no dudé un instante y, en un acto de valor, generosidad y gallardía,  dejé que fuera Nieves quien se encargara de ellos. Las aves dieron buena cuenta de sus restos. O tal vez fuera de las migas del bocadillo. No lo sé. En todo caso, aquellos seres erraron su objetivo.

Degustamos unos San jacobos montañeros tras la batalla y emprendimos el regreso.

Volvía de la mano de Asier cuando, tras un recodo del bosque, los vi. Fue un instante. Dos enormes jabalíes hozaban en el sendero a apenas veinticinco metros. Nos vieron y salieron disparados en sentidos opuestos. Uno monte arriba y otro monte abajo. Al que subió lo perdí de vista enseguida. Al otro, también, pero lo escuchamos correr entre la maleza durante un buen rato. Mis bulbos capilares echaron en falta no tener nada que erizar pero sentí el escalofrío hasta la coronilla.

Demostrado queda que la fiereza es opuesta al tamaño. Así, el valor en la batalla de la garrapata no tiene parangón con el del huidizo jabalí. Mención aparte para el más grande y cobarde animal de esta entrada, que no es otro que el que suscribe.

Pd: Cabría pensar que el fino olfato de los animales les hubiera avisado de nuestra presencia, y más estando a barlovento, pero no fue así y huyeron al vernos. Supongo que por estar con el hocico en el barro. Supongo, digo, pero nos metimos de cabeza en la ducha al llegar al hostal.
Pd2: En un comienzo, los jabalíes se encontraban a treinta y cinco metros, que fueron treinta cuando lo conté al llegar. Ahora escribo veinticinco y lo dejo así, no vayan a ser mañana diez metros y alguien se asuste.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ay, ¡si no fuera por estas aventuras!

Agur bat,
Iñaki

Tia madrina dijo...

Macaguentoooo!!!! que susto, abra que llevar a partir de ahora cuchillo afilado, por si hay lucha....uf, menudo susto y solo a diez metros....uf...uf...

Sergio dijo...

Parece que las buscamos. ¿Verdad, Iñaki?
Qué dices a diez metros, tía. ¡Ya sentía el sabor a cecina en mi boca !