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domingo, 14 de abril de 2013

Ulizar (8.680 dm).

El sábado, trece de abril, teníamos pensado ir al monte con nuestro convaleciente amigo, Ricardo. Puestos a preparar una ascensión que no fuera demasiado dura, en un primer momento sopesé Urkieta (8.540 dm.), ya conocido de otra jornada. Y en eso estaba cuando me conecté a internet y la casualidad llamó a mi puerta. Decidido, iríamos a Ulizar (8.660 dm).

Empecé a buscar rutas e hitos y encontré varias. Sin embargo, escribí a nuestro sherpa favorito solicitando confirmación. Siempre es bueno preguntar al que más sabe, no vayamos ahora a dar más confianza a quien no conocemos de nada y publica cualquier cosa en la red. Recibí la información a tiempo.

Así, subiríamos a Ulizar desde Areso, pasaríamos por la ermita de Santa Cruz, llegaríamos al collado de Solizarreta y, en lugar de subir directamente a la cima, bordearíamos ligeramente para avanzar por una pendiente más suave. Para el camino de regreso teníamos dos opciones y cerrar una ruta circular, seguir el GR y acortar por un valle o continuar hasta Pagozelai y empalmar una senda con cascadas y arroyos.

Pero no siempre las cosas suceden como lo planeamos.

El día salió luminoso, más veraniego que primaveral. Recogimos a Ricardo pero había pasado una noche espantosa. Fiebre, sudores, mareos,... la convalecencia se alargaba. Solo un par de pastillas lo hacían tenerse en pie. Sin embargo, no tenía mal aspecto y se encontraba animado. Además, el dopaje en la montaña no está prohibido (léase "Annapurna. Primer ochomil"), así que seguimos.

Redesayunamos en Leitza y comenzamos a andar desde Areso. El camino no está muy bien señalizado en un par de cruces pero no tuvimos mayor problema. Llegamos a la verja roja.

 

Los montes están llenos de estas langas. Generalmente están hechas de madera o somieres viejos pero ésta parecía haber vedado el paso de caminos de más alcurnia.

Cogíamos altura rápidamente. Areso se veía precioso bajo el sol y nos entreteníamos con palos y piedras y contando historias. Llegamos a la ermita. La cruz de piedra se encontraba dentro esperando reparación y las garrapatas campaban a sus anchas en la entrada. No nos detuvimos mucho tiempo.

 

El altímetro aún indicaba muchos metros para llegar al collado cuando vimos Solizarreta. Una vez en el GR, lo tuve que ajustar. ¿Había variado la presión? ¿Vendría mal tiempo? No, simplemente es lo que pasa cuando calibras en un pueblo que tiene una diferencia de casi cuarenta metros entre el ayuntamiento y la iglesia.

Aleccionados, no nos enfrentamos a la cumbre directamente. En su lugar, la acometimos por una ladera más suave, hollando la cima a las once de la mañana (hora solar).

Sacamos las fotos de rigor, comimos algo de chocolate, Ricardo habló por el teléfono satélite... lo habitual en los ochomiles actuales. La ascensión, aunque continuada, había sido sencilla. Más que en una cima al uso estábamos en la parte alta de una loma. No obstante, las vistas sobre las Malloas eran impresionantes, Txindoki, Aizkorri... y más nombres que no conocemos. Aún era temprano para comer y decidimos continuar. Sin embargo, los ánimos ya no eran los mismos. Renunciamos a hacer la ruta circular y optamos por regresar sobre nuestros pasos. Los niños dejaron la nota en el buzón y, menos de una hora más tarde, comíamos en el frontón de Areso. Mientras Asier y Aimar se entretenían jugando en la tirolina del parque como si acabaran de salir de casa, la fiebre comenzó a repuntar y optamos por volver.

Llegando a Donosti, dejamos a nuestro amigo rondando los treinta y ocho.

PD: Aunque él pasa de los cuarenta.

 

3 comentarios:

eresfea dijo...

Echo en falta la fotografía de Ricardo en la tirolina...

Sergio dijo...

Y yo.

Anónimo dijo...

Estuvimos ayer, tirolineando. Genial.

Un saludo y buena semana,
Iñaki M.