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lunes, 29 de abril de 2013

Guratz (9.550 dm.)

Las predicciones del tiempo no son nada halagüeñas para el fin de semana. Pero eso no nos arredra, solo es cuestión de buscar el lugar adecuado al que ir. Miro un par de rutas sencillas y poco expuestas, que tengan fácil renuncia en caso de necesidad. Me decanto por Guratz (9.550 dm) desde Gorriti. El viernes, durante la presentación de Ander, lo comento con Patxi y Josean, y éste último me aconseja comenzar desde el puerto que une Uitzi con Leitza en lugar de lo que tenía previsto.

_La ruta es más bonita, va por un hayedo... Luego te mando un correo.

Y me lo manda, junto con otra excursión que dejo adecuadamente apuntada (no es cuestión de ponerse pesado cada dos por tres).

El sábado madrugamos (entendido el concepto en su acepción familiar de fin de semana, no en la de montañeros ochomilistas) y preparamos las mochilas con rapidez. No hemos tenido tantas excursiones primaverales últimamente como para que se nos olvide qué coger para el invierno. En tanto que caliento el termo de chocolate, los niños se ponen los abrigos y a las nueve estamos en marcha.

Salimos mientras chispea. Creemos que en el interior el temporal traerá menos agua aunque quizás haga más frío. Puestos a elegir si redesayunar en Leitza o Lekunberri antes de desviarnos hacia Uitzi, optamos por la puerta navarra a Aralar. Hay muchos lazos que nos unen a ese pueblo, y son de los dulces. A ratos llueve con más intensidad por la autovía y, a la altura de Berastegi, solo vemos niebla en el valle. Ya en Lekunberri alargamos el receso mientras en el exterior graniza con ganas.

Amaina lo suficiente como para tomar rumbo a Uitzi. Dejamos el pueblo a la izquierda y aparcamos en el puerto, en el ancho arcén de la carretera. El camino comienza junto a la señal que indica erróneamente 802 m.; en realidad estamos a 810 m. No hemos subido ni veinte metros cuando los pronósticos y mis esperanzas se cumplen. No nos mojaremos bajo la lluvia, ha comenzado a nevar. Y lo hace con fuerza.



En un visto y no visto el camino desaparece bajo un manto blanco. Dudo por un instante pero me percato de que la ruta está clara. Lo que parecía un barrizal es en realidad la huella de los camiones o tractores que sacan la leña del bosque. Sin embargo, el lodo es profundo, pegajoso e incómodo y avanzamos por un lateral. Al tiempo, la pista clarea y la nevada amaina. Del suelo brota la niebla (ya fueran setas, pienso) pero andamos con comodidad.



No hay nadie por delante nuestro hasta que un chico con un paraguas nos pasa y saluda. No será el único. Otro hombre con paraguas y su perro nos superan minutos después; son pastores vascos, los dos. La pendiente es escasa y remontamos los escasos doscientos metros de desnivel con tranquilidad. Llegamos a la cima donde esperan dos buzones. Jugamos con el nuevo mientras dejamos la nota en el viejo.



La cumbre está en una loma suave y larga. A un lado, el hayedo y al otro una explanada limitada por un redil. Lo bordeamos para no volver por el mismo camino y enlazamos la pista inicial metros más abajo. Pasamos junto a un haya con las raíces arrancadas y cuyo tronco ha servido para probar una motosierra.



Ya de vuelta casi no reconocemos el paisaje. Los dos o tres centímetros cuajados de nieve han desaparecido y un mundo de sendas paralelas a la que elegimos nos brindan la posibilidad de caminar sin embarrarnos. Tras dos horas y media de caminata nos cambiamos en el coche y damos buena cuenta de una comida paseada.

PD: Volvemos pasando por Leitza y por el desvío a Peru Harri, reafirmando promesas pasadas.

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