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martes, 5 de marzo de 2013

Leitzalarrea.

El sábado, sin madrugar, pusimos en marcha la maquinaria montañera y en un tiempo récord estábamos redesayunando en Leitza. Pretendíamos cumplir un deseo pospuesto durante mucho tiempo: visitar Leitzalarrea.

Comenzamos a andar desde Ixkibar, tomando un camino que discurría paralelo a la pista. Aún había mucha nieve y la senda se intuía más que verse. Subimos siguiendo una huella de raquetas y marcas recientes de esquís, ayudándonos de las marras verdes y blancas que iba cantando Aimar (¿o eran blancas y verdes?).


Llegamos sin darnos cuenta a Aritzaundi. En su día leímos algo así como que el roble de aquel lugar apenas se podía rodear por nueve hombres dándose la mano. Como si no lo sospecháramos, la leyenda era del todo falsa; nueve hombres no se dan la mano así como así. Dos niños iban más que sobrados (también cabe la posibilidad de que no fuera este roble si no otro, pero bueno).


Llegamos a la loma de Urdola. La cubría un manto blanco impoluto y, al sol, hacía casi hasta calor. La nieve era cada vez más blanda, y se hacía difícil caminar. Aprovechamos para descansar junto al crómlech y la mesa de orientación. No habíamos comenzado la excursión precisamente pronto y ya pasaban de las dos. A partir de aquí, el camino era todo en descenso pero aún restaba la mitad del recorrido.

Continuamos la marcha.

Nos entretuvimos con yescas, bolas de nieve (quién sabe si no las últimas esta temporada) y contamos cuentos a turnos. También aprovechamos para recoger materiales para futuras manualidades.

Estábamos en la cara norte, había más nieve aún y Aimar empezaba a hundirse. Sus polainas son sencillas, sin cable de amarre, y se remangaban de vez en cuando, entrándole nieve en las botas. Nada preocupante pero sí para tener en cuenta.


Llegamos a un cruce. Las señales verdiblancas nos dirigían a la derecha, hacia Sarasain, Koskain,... pero giramos hacia la izquierda y nos subimos a la pista forestal para atajar. Ya habíamos cubierto nuestro cupo por hoy; Aimar ya no andaba cómodo. El truco casi nos cuesta caro porque la regata cruzaba la pista por un vado y venía a rebosar. Por suerte, Asier encontró un puente semioculto por la nieve y no tuvimos mayor problema. Llegamos a Izaieta.


En un primer momento, el lugar no pareció sorprender a los muchachos. Tal vez desde ahí abajo todo resulte siempre muy grande. Pero si las copas llegan hasta el mismísimo cielo, las ramas laterales de los abetos se tornan en lanzas asesinas cuando se los tala y se añaden un par de historias fantásticas más, Izaieta se convierte en un destino para repetir cuando la primavera cubra de verde los árboles de hoja caduca.

Retornamos a Ixkibar no sin antes detenernos a contemplar las huevas de rana sin eclosionar y las larvas de renacuajo, promesas de sonoridad de aquí a un par de meses.

PD: Aimar quiere que lo cuente, así que diré que se portó como un jabato.

3 comentarios:

IMANOL dijo...

Pisando territorio sagrado...

Iñaki Munain dijo...

Lo más difícil ya está hecho: la primera vez. Ahora ya se puede repetir. ¿Parásteis en Iruso a la vuelta?

Sergio dijo...

Espero no haber causado ningún daño irreparable, Imanol.
Iñaki, teníamos pendiente comprar unos cromos en Leitza, no me digas que tienen pintxo de chorizo.