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lunes, 11 de marzo de 2013

Ausa-Gaztelu (9.040 dm.).

El sábado, nueve de marzo, aprovechando un fantástico día de viento sur, nos calzábamos las botas para adentrarnos en Aralar por donde más duele el cuello. Salimos de Larraitz mirando hacia la cima del Txindoki. Pero no íbamos al Larrunarri sino al vecino Ausa-Gaztelu (9.040 dm.). Habíamos preguntado por un buen lugar para una previa hidratación (léase hidratos de carbono) pero la respuesta llegó estando a la puerta de casa y no conseguimos encontrar el sitio recomendado. Así pues, sin redesayuno, comenzamos a andar temprano, entendido el concepto desde nuestro particular universo espacio-temporal.



Íbamos ligeros. Asier había tenido una caída en el colegio y penaba unas abrasiones en el hombro que le impedían llevar la mochila; solidariamente, Aimar tampoco la llevaba. Nieves y yo porteábamos lo necesario, amén de cargar con piñas y otros objetos que los niños recogían por el camino para futuras aplicaciones.

El camino estaba como lo recordaba y ciertos pasos seguían convertidos en un barrizal eterno. Un caballo muerto en mitad de la pista interrumpió durante un momento el paseo y la charla pero enseguida volvimos a los cuentos de los gentiles, lamias y la Dama Mari. Al rato, nos fijamos en la huella que el paso de los carros, con el tiempo, había ido dejando en la roca. Los niños se compadecieron del pobre animal (del muerto y del que arrastró el carro por aquellas piedras).


Llegamos al collado de Errekonta. El viento empezó a azotar. Y lo hacía muy fuerte, tanto que todo el duro repecho de subida Aimar lo hizo cogido de mi mano. Abordamos la cima rodeándola por la derecha, buscando la protección del viento y nos encontramos con una corta trepada. Podíamos haberla evitado accediendo por la izquierda pero tampoco fue un problema (aunque no la recomiendo a menores de seis). Comimos al socaire de las ruinas del castillo contemplando, a lo lejos, montes de grato recuerdo y montañas que nos gustaría recorrer.


 Volvimos a Larraitz lanzando piedras como los gentiles y nos detuvimos a jugar en el parque. Eran las seis de la tarde y el día seguía espléndido. Daba pena volver. Como no habíamos redesayunado ni llegado a tiempo para el pintxo del almuerzo entramos en Larraitz Gain y nos resarcimos de lo uno y lo otro.


 Ya de vuelta, nos detuvimos en Amezketa. Jugamos en el patio del colegio, localizamos otro lugar de avituallamiento recomendado, admiramos la parroquia y visitamos un viejo molino semi rehabilitado junto al río. 


Llegamos a Donosti ya oscurecido. Gran día.

PD: Una foto desde el punto de vista de los cuervos de nuestra excursión.
PD2: Y otra carta en el buzón, por si hay suerte.


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