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domingo, 17 de febrero de 2013

Atascos, trineos y raquetas.

Esperábamos con ansias invernales la conjunción de nieve y sol, y este sábado era el momento de saciarlas. Hablamos con Pedro y Mari Carmen pero no podían venir. Sin embargo, nos dejaron encantados sus txanperos. De todos es conocido que un trineo moderno no tiene nada que hacer con la versatilidad de aquellos artilugios ochenteros. A esas curvadas tablas de madera les da igual el agua marina que la congelada y alcanzan unas velocidades dignas de estudio en un túnel de viento. Advierto también, para la madre, tía o abuela lectoras del blog, que su estabilidad está fuera de toda duda (casi siempre).

Entretuvimos las ansias con el redesayuno en Lekunberri, aprovechando para repasar algunas lecciones de matemáticas y dietética.


Llegando a Albi ya veíamos que algo no iba del todo bien. En los arcenes se acumulaba metro y medio de nieve y los coches empezaban a aparcar en el lado derecho, dejando un único carril de circulación.

Apuramos demasiado; el tapón era épico. Los coches que querían salir y los que buscaban aparcar permanecían quietos, enfrentados en un empate técnico. Si nadie cedía podíamos esperar al deshielo, y nosotros queríamos jugar un poco antes de eso.

Por fortuna (o lo que sea), no era la primera vez que nos ocurría algo parecido; y sabíamos qué hacer. En tanto que yo paraba el motor y ponía el freno de mano, Nieves descendía del vehículo y corría hacia atrás, dirigiéndose al comienzo del atasco. El objetivo era no aumentar el problema y que los que fueran viniendo detrás nuestro aparcaran antes de llegar. Por mi parte, yo iba hablando con los que estaban detenidos detrás mío, convenciéndoles de dar marcha atrás. No eran mas que cuatro o cinco, y no fue difícil. Volví al coche e hice lo mismo. Cien metros después maniobraba para arrimarme a un lado y que los demás pudieran salir. Mientras nos vestíamos, una nueva fila de coches ocupaba nuestro lugar. Otra Nieves se bajó de otro coche y la historia se repitió con distintos protagonistas.

La mañana transcurrió en un continuo sube y baja, y los metros de ascenso se fueron acumulando en las piernas de los niños. No así los descensos, de técnica cada vez más depurada.


Comimos y bebimos caliente, y continuamos la fiesta. Mientras Aimar y Nieves volvían a la rampa helada, calcé a Asier las raquetas por primera vez y dimos un paseo por los alrededores. Realmente no le hacían falta pues parecía un elfo caminando sobre el manto helado. No así a mí, que había quedado clavado en mi primer intento antes de atarme las susodichas.



Eran pasadas las cinco cuando recogimos y nos subimos al coche. Bajábamos rumbo a Lekunberri cuando, a menos de un kilómetro de llegar, cogimos el desvío sobre el río Larraun. Nos dirigíamos a Oderitz con una idea. Y el resultado iba a ser inesperado.

PD: Y emocionante.
PD2: Continuará.




4 comentarios:

mòmo dijo...

¡Qué es esto de escribir por entregas! ¡Nos dejas en ascuas!

eresfea dijo...

¡Ay, la conexión Oderitz...!

Sergio dijo...

mòmo, es una licencia, al estilo de los folletines de radio del siglo pasado.
eresfea, buena idea para un título.

Roberto Gómez dijo...

Me acabo de morder la lengua de lo largos que se me han puesto los dientes.
p.d.:Me encantan los gorro-punkies de Aimar y Asier.