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domingo, 13 de enero de 2013

Adarra (8.110 dm.)

La vacuna de los seis años dejó a Aimar fuera de juego, y a Nieves con él. Mientras, Asier y yo, aprovechábamos este pasado sábado para dirigirnos al Adarra (8.110 dm.). Por su altitud, el Adarra parece un ochomil menor, pero no hay que llevarse a engaño. La pala final rechaza a todo aquel que no la enfrenta con decisión. No es cuestión de piernas (bueno, un poco sí) sino de espíritu.

Las previsiones del tiempo auguraban un fuerte empeoramiento a partir de la una de la tarde. Así pues, espabilamos, no redesayunamos en Urnieta y a las nueve y media estábamos en Besabi. La zona de "aparcamiento" estaba a rebosar (las comillas se refieren a los arcenes inexistentes donde se deja el coche). ¿Cómo así? Relativamente temprano y con previsión de mal tiempo teníamos que ser de los únicos. Según nos acercábamos, vimos una carpa con un cartel de la sociedad de caza y pesca Santa Kruz de Urnieta anunciando un campeonato de caza menor con perro. Ese cartel lo veríamos repetido por todo el recorrido varias veces.

Nos enfrentamos a la primera rampa en dirección al caserío Montefrío mientras dejábamos atrás a un buen montón de cazadores entrando a calentarse en Besabi. Sus pantalones de camuflaje, abrochados bajo sus prominentes vientres, no camuflaban casi nada. Pocos tiros oímos durante la ascensión; y vimos más perros de paseo que de caza. De pájaros, ni hablo.

El suave ascenso animaba a la conversación y a los cuentos. Pasamos junto a una bañera donde unos renacuajos esperaban la metamorfosis. Al rato, llegamos al llano de Belabieta. Desde ahí se ve la directa a la cumbre. También hay otra posibilidad, rodear el monte por su zona occidental hacia el dolmen de Eteneta y alargar el camino reduciendo la pendiente. Tras comer algo y sopesar el asunto decidimos seguir de frente. Chispeaba a ratos. Si el tiempo se mantenía quizás nos animáramos a volver por la otra ruta. Poniendo un pie tras otro, y saliéndonos del camino embarrado, fuimos ganando metros.

(pose natural)

Ya estábamos por la mitad cuando Asier se detuvo.

_Aita, ¡mira!-exclamó.

Una lombriz de tierra se paseaba por la hierba. Delicioso bocado para cualquier pájaro pero, concurso de caza mediante, no se veía, ni oía, ninguno por la zona.

_Aita, ayúdame.-dijo Asier.

Y así, interfiriendo en el orden natural de las cosas, alcé la afilada punta de mi bastón y la clavé con fuerza junto a la cabeza del gusano en tanto que Asier, en un acto carente de escrúpulos, asió el pegajoso anélido entre sus dedos índice y pulgar, introduciéndolo con cuidado en el orificio. Seguimos camino.

_Aita, nunca había tocado ningún gusano.- me dijo, pasando la mano por el pantalón.
_Ya iremos de pesca algún día, hijo.

Llegados al collado entre las dos cimas pudimos divisar el buzón y el reventado vértice geodésico.



Ya en la cumbre, Asier se dedicó a desentrañar el secreto de la casita-buzón. Cuando consiguió abrirla sacó de su interior una hoja, comprobando que contenía solo una frase de significado inextricable. La cambió por la suya y descendimos unos metros a comer el bocadillo. Cuatro excursionistas ocuparon nuestro lugar y, mientras dábamos cuenta de nuestro refrigerio, uno de ellos intentó, sin éxito, abrir el buzón cimero. Matización: excursionistas y torpes.

No hacía mucho viento, aunque notamos que cambiaba de dirección. Recogimos y descendimos hacia Eteneta. La suave pendiente hacía que fuera todo un gusto caminar por la ladera herbosa. Frente al menhir, otro cartel más de los cazadores, fastidiando el encuadre de la foto.

(menhir tapa-cartel)

Volvimos por el camino de la fuente a través de un sendero totalmente embarrado y deslizante, como muy bien pudo comprobar Asier y el programa avanzado de la lavadora unas horas después. No habíamos alcanzado Belabieta cuando empezó a llover; era la una de la tarde. Fue un chaparrón de media hora, pero lo suficiente para amortizar los chubasqueros que siempre pasean con nosotros y nunca ven el sol. Esta vez tampoco lo vieron pero al menos les quitamos el polvo, sustituido por barro.

Un pintxo de txistorra ancha (o chorizo estrecho) en Besabi y regresamos a casa.

PD: Y cuatro chupa-chups de sabores variados donde Asier se dejó la paga para su hermano.
PD2: Con la lombriz me acordé de aquello de que, por mucho ganado que viéramos, había más biomasa bajo el suelo que sobre él.

4 comentarios:

Jonathan dijo...

Con los cromlechs y dólmenes por los que pasastes... la peña de Sansón...

Y solo te fijastes en una lombriz!!!

Sergio dijo...

Pero a ver, ¿a qué estábamos? A lombrices o a Rolex.
Pd: Por ahora tiran más los fósiles y las lombrices. Al tiempo.

Jonathan dijo...

JAJAJAJAJAJajaja!!!

Pero anda que no iba a flipar el niño si le enseñas "tumbas prehistoricas" y le cuentas historias de gigantes!!!

eresfea dijo...

¡Ah, la biomasa...!