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martes, 14 de agosto de 2012

En camino.

El sábado, once de agosto, Asier y yo salimos, ya entrada la mañana, rumbo al Guardetxe de Aralar. Llegados a Lekunberri hicimos nuestra habitual parada en la panadería Galburu.

_Egun on, ¿éste es el bizcocho de nueces?- dije, señalando con intencionada indiferencia una estantería con tres hermosos bizcochos apoyados sobre la foto de una nuez.
_Pues no, son de pasas.- contestó la dueña. Hace tiempo que no hacía y hoy he hecho. Son todos de pasas.
_Bueno, pues éste.- dije, y cogí el más dorado.

Cumplió las expectativas, aunque prefiero el de nueces.

Comenzamos a caminar poco antes del mediodía, pero enseguida vimos que algo no iba bien. Hay una máxima en la montaña: "Si llevas una mochila grande, la llenarás". Este año, Asier llevaba su nueva mochila de 30 litros, y yo, la mía, de 55+10. La selección de material la habíamos hecho siguiendo los criterios del año pasado, minimalistas aunque aseguradores pero... las mochilas mismas pesaban más, uno y uno y medio kilos más; la nueva tienda de campaña, otro kilo por encima de la tipo tubo; otro kilo más de agua, y otro medio de cosas que cabían en los bolsillos laterales (benditos o malditos, según). Pero ese no era el problema. En mi caso, el total soportado por mis pies, contando peso corporal y mochilero, era inferior al del año pasado (cosas del régimen), y ese kilo y medio más de Asier, tampoco suponía un exceso, contando que el chaval ha crecido. El inconveniente surgía cuando le ceñía la mochila y no terminaba de ajustar. ¿Cómo podía ser? La habíamos probado y comprobado, en la tienda y en casa, y siempre había ido bien. El caso es que lo habíamos hecho sin peso y con un jersey y, ahora, estaba cargada y Asier llevaba una camiseta. El problema no fue a mayores. Es un modelo que se adapta al crecimiento del niño, con lo que se la quité y ajusté la altura de las hombreras. Ya podíamos seguir.


Llegamos rápido a Pagomari y comimos unos bollos con chocolate. Aunque hacía bastante, este año no apretaba tanto el calor como el pasado, y el chocolate mantenía cierta estructura sin llegar a fundirse del todo. Continuamos hasta los refugios de Errenaga y nos adelantó un camión lleno de gente y latas de cerveza. Entonces caí en la cuenta de que el domingo era la romería hasta Igaratza; nos cruzaríamos con un buen montón de gente a la vuelta. En Errenaga comimos el bocadillo y llenamos las cantimploras. También aprovechamos para refrescarnos demostrando, Asier, su capacidad de autosuficiencia.



Una vez más nos íbamos a adentrar en terreno desconocido. La verdadera aventura comenzaba aquí y no iba a ser, ni mucho menos, lo que nos esperábamos.

PD: Aunque íbamos preparados.

2 comentarios:

Iñaki Munain dijo...

Las buenas costumbres no hay que perderlas. Yo sigo pendiente de practicar el vivac con infantes. ¿Habéis osado a comprar una tienda de las que NO se lanzan al aire y se montan solas? Montañismo clásico, proclamo.

Sergio dijo...

Lo del vivac es cuestión de que llegue su hora. No tengas prisa, ya llegará y, entonces, no te arrepentirás. Respecto a lo de la tienda, las que dices son más bien para cámping, ocupan mucho, son muy pesadas y, si las tiras al aire para montarlas soplando viento, aparecen en Amezketa (lo único bueno es su precio).
Nosotros somos unos románticos, y nuestro amor pesa unos dos kilos y medio, y es muy impermeable y ventilado. Por cierto, menos mal, porque si llegamos a llevar la tipo tubo y tenemos que estar esperando dentro de la tienda todo el tiempo que estuvimos...