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jueves, 16 de agosto de 2012

Cuando el viento arrecia.

Habíamos pasado lo peor, aunque aún no lo sabíamos. Estábamos en un sendero marcado, nos llevaba en buena dirección, teníamos la tienda y los sacos en la mochila, ropa de abrigo, agua, comida... ¿qué más se podía pedir? Buscar donde dejar todo eso de una santa vez.

Seguía sin verse gran cosa, no más de tres o cuatro metros y, desde luego, nada de la ladera donde sabíamos que había algo de vegetación. Era la zona más resguardada y hacia ella nos dirigíamos. Al tiempo, llegamos al cruce y cambiamos de pendiente. Ya estábamos más tranquilos y las urgencias se tornaron en remilgos. Íbamos encontrando lugares más o menos adecuados pero siempre queríamos más. "Demasiadas piedras", "demasiado expuesto", "muy bacheado",... Estábamos descendiendo demasiado y decidí que el próximo claro sería el definitivo. Acertamos.

Era una zona no muy ancha, con poca pendiente y piedras superficiales que apartamos sin problemas. Una barrera de bloques de caliza y grandes arbustos nos protegerían del viento. Únicamente un gran cardo puntiagudo molestaba un poco, pero lo convertimos en esquejes y lo trasplantamos con cuidado (para nosotros) lejos de allí.

Montamos la tienda en precario. Las rachas de viento casi nos la arrancan de las manos pero conseguimos clavarla y nos metimos dentro. Ya estábamos instalados y la tensión se relajó, dejando paso al cansancio acumulado. Bueno, en mi caso, porque Asier sacó enseguida la baraja de cartas para echar unas partidillas. Nos organizamos un poco y esperamos a que amainara el vendaval.



Unas manos después, salimos a tensar la tienda y enganchar los vientos. Aún era temprano para el horario urbano pero en el monte hay que hacer todo lo importante antes de que anochezca. La niebla se había convertido en una nube anclada unos metros por encima nuestro, de la que se desprendían jirones de vez en cuando. El viento no cesaba.



Salimos y subimos un trecho hasta tener cobertura. Llamamos al campo base.

_Ama, esto es increíble- dijo Asier; y continuó durante un buen rato contando alguna de las batallitas del día, que yo tuve que matizar por el bien común.

Hacía demasiado viento como para cenar tranquilos y tampoco había un buen lugar donde aposentar nuestros reales. Calentamos la cena al abrigo de un pedrusco, comimos y volvimos a la tienda.

Entiendo el aburrimiento de las expediciones al Himalaya cuando esperan una ventana de buen tiempo o cuando tienen que permanecer en sus tiendas por la tormenta, pero debe ser porque Asier no va con ellos. Cartas, planes, historias,... antes de que nos diéramos cuenta ya había anochecido. Preparamos las cosas para el día siguiente y cerramos las cremalleras de los sacos. Todavía quedaban un par de cuentos por contar pero a Asier pronto le venció el sueño. Yo lo tuve algo peor. El viento arreciaba y se oía con fuerza por encima de la tienda. Sin embargo, estaba muy bien situada al socaire y casi ni se movía. También quedaba el hecho de pensar qué tiempo haría al día siguiente, pero descarté buscarme más problemas.

"Ya lo pensaré mañana", me dije. Y me dormí pensando en Scarlett y Rhett Butler.

PD: Una radio para oir las noticias meteorológicas también ayudó a conciliar el sueño.


1 comentario:

eresfea dijo...

Jopé, qué saga de crónicas. Espero ansioso el desenlace.