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viernes, 17 de agosto de 2012

Cuando se disipa la niebla.

Pasada la medianoche, un ruido me despertó. El viento seguía soplando con fuerza por encima nuestro y era de asustar. Por fortuna, no había cambiado de dirección y continuábamos resguardados por las piedras y arbustos. Volví a dormirme.

Habían pasado un par de horas cuando me desperté de nuevo. El viento casi se había calmado y aproveché a salir. Mirando hacia el noreste reconocí entre las nubes altas la constelación de Cassiopea así como el halo de la Luna, pero ni rastro de la lluvia de estrellas. Cerré las cremalleras y volví al calor del saco.

Soñé que estábamos en un pueblo de los pirineos y las campanas de la iglesia no paraban de repicar. Abrí el ojo y el oído para darme cuenta de que eran los cencerros de las ovejas. Ya eran casi las seis de la mañana y andaban desayunando cerca nuestro. Me calcé las botas y salí.


La mañana era fresca, casi fría, y aún quedaba alguna nube sobre el Ganbo, pero se intuía que el día iba a mejorar. No había prisa. Sin la niebla, pude darme cuenta del lugar donde habíamos plantado la tienda. Estábamos cerca de un camino por donde pasaba el rebaño y de otro por donde habíamos venido el día anterior. Era un buen sitio.

Aún esperé un rato antes de ver si Asier se despertaba. ¡Cómo duerme el bendito en el monte! A eso de las siete empezamos a recoger. Nuestras vecinas, las ovejas, se empezaron a poner nerviosas. De pronto, un perro pastor salió de entre los arbustos. El casero iba detrás.

_Egun on.- dijo él.
_Egun on.- dijimos nosotros.

Y no pareció extrañarse tanto de nuestra presencia como nosotros de la suya.

Desayunamos y terminamos de recoger. En unos minutos de marcha encontramos el cruce del día anterior y el camino que llevaba a Errenaga.



Con luz, las cosas se ven de otra forma y las distancias se acortan. Ya había salido el sol y cambiamos chaquetas por camisetas. Empezamos a cruzarnos con montañeros; algunos subían andando, otros volvían corriendo. Llegamos a los refugios a las once. Ya se oía la música de la romería y una pequeña multitud rodeaba la ermita. En comparación con lo que llevaban, nuestras mochilas, con su volumen y el aislante encima, parecían llamar la atención. De pronto, un olor; El olor.

_¡Aita, hay txistorra!- dijo Asier.
_¿Cogemos un pintxo?.- dije yo, localizando el puesto.
_Vale.- contestó, y se acercó a pedir.

Y así, bocadillo en mano (¿quién dijo pintxo?), seguimos nuestro camino cruzándonos cada vez con más gente y algún amigo.

Una vez más, no vimos la lluvia de estrellas; la niebla nos cayó encima; las temperaturas bajaron mucho; sopló un fuerte viento toda la tarde y noche; no conseguimos hacer ninguna cima, ni siquiera verla; pero, ¿a quién le importaba? A nosotros, no. No a nosotros.

Cuando llegamos a casa, a Asier le brillaban los ojos.

PD: En esta ocasión, utilizamos todos los porsiacaso que llevábamos en las mochilas: jersey, abrigo, camisetas térmicas,... Bueno, casi, salvo el botiquín y los chubasqueros.
PD2: Gran día.
PD3: El agua, bien. Sobró comida.
PD4: No tengo el olfato tan fino: era chorizo, no txistorra.

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