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martes, 10 de julio de 2012

Detalles.

Volvemos a Valdeón, nuestro valle de Picos de Europa. Llegamos a media tarde y descargamos los bártulos. Ya instalados, damos un paseo por el pueblo. Los sentidos nos devuelven rostros familiares, aromas evocadores, la caricia fría de la niebla de julio... De regreso para la cena, Asier baja las escaleras y se detiene frente a la puerta del salón. Le oigo saludar:

_Hola.

Se vuelve hacia a mí y comenta:

_Aita, aquí hay alguien que me suena de otros años.

Son Juan Carlos y Esther, con Pablo. Hace tres años, nos encontramos en el hostal e hicimos buenas migas. Pablo y Asier tienen la misma edad y congeniaron enseguida. Nosotros tardamos un poco más pero, compartiendo hospedaje, afición por la fotografía y amor por las montañas era algo inevitable. Fueron charlas breves, después de la cena, en la sala, compartiendo rutas y experiencias nuevas, aunque nunca salimos a caminar juntos. Pero el año siguiente coincidimos de nuevo. Intercambiamos direcciones de correo electrónico, los muchachos volvieron a jugar, nos enseñamos las fotos de la jornada,... y seguimos sin compartir cantimplora. El año pasado no pudieron venir, y los echamos un poco en falta.

Pero ahora estaban aquí. Habían venido con los padres de él y llevaban una semana trotando senderos. Nos saludamos como amigos que se habían visto hace poco. Los chicos se pusieron a jugar de inmediato y, esta vez, Aimar también se les unió. Pero se iban al día siguiente; una lástima.

Bajamos a desayunar, dispuestos a despedirnos, pero los planes habían cambiado. Pospondrían su salida hasta después de comer para hacer una pequeña ruta con nosotros; si nos parecía bien. Aceptamos gustosos. Aunque tenían un largo camino hasta su próximo destino nos ofrecían, sin saberlo, saldar nuestra deuda de años.

Recorrimos el camino del río despacio. Escuchamos las explicaciones de Juan Carlos sobre las distintas plantas, los patos del lago, los lirios del prado,... Qué fácil es escuchar a un biólogo, a un maestro, enamorado de su disciplina. Los niños andaban por delante, con sus charlas sobre técnicas de maquinitas, cromos y juegos.



PD: Llegar al mirador del tombo y volver fue el lazo que faltaba a un regalo que compartimos entre los siete.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aupa Sergio, la verdad es que da gusto leer tu blog! me encanta esta última entrada sobre vuestras vacaciones y sobre el matrimonio que ha compartido "con vosotros" alojamiento durante varios años... bonita historia!

Disfruta de las vacaciones que seguro te las mereces!!!

Un abrazo.
Gorka Vicente.

Sergio dijo...

Hombre, Gorka. Qué alegría saber de ti, aunque sea a través del blog. Tú descuida, que cuando menos te lo esperes estarás con tu retoño brincando por el monte.
Un fuerte abrazo.