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lunes, 16 de enero de 2012

Jazz del bueno.

El pasado viernes, la Big Band de mi amigo Dizzy Dorronsoro actuaba en la Sala club del Victoria Eugenia. Nos había invitado días atrás y lo había comentado con Asier; iríamos. Habíamos visto a bandas en el kiosco del Boulevard en otras ocasiones, pero esto era un concierto, una cosa seria.

No podía estar más equivocado.

Hay una diferencia esencial entre ver a una Big Band en el exterior, a veinte metros de distancia, y disfrutarla en una sala recogida y a apenas metro y medio de un saxo barítono. La experiencia es radicalmente distinta. Yo así lo vi; en mí, en las sensaciones que transmiten y en el movimiento rítmico de los pies de Asier durante todo el concierto.


El jazz de una Big Band es divertido, es alegre, es... desconcertante. Asier lo miraba todo y no paraba de susurrarme al oído, por el piano, las guitarras (¿son como la de tu amigo Rober?), los saxos,... y por las chicas que cantaban (¿es inglés?).

_¿Donde está tu amigo?- me preguntaba.
_Mira, mira, justo es ese, el de la trompeta y las gafas.

Y en ese preciso instante, Dizzy se levantaba para interpretar su solo.



PD: Para repetir; aun siendo irrepetible.

1 comentario:

Roberto Gómez dijo...

Yo siempre he pensado que la música es algo vivo, y en los conciertos es donde toma vida, si los músicos son buenos, sobre todo si son de yazz, donde la música se va creando en el momento. ¡es lo mejor del mundo!.

P.D. ¡Ya me gustaría a mí que mi guitarra fuese como las del concierto!.