Desde que tengo uso de razón gastronómico, he oído hablar de los crepes de la madre de Ricardo. Decían, los que habían tenido el privilegio de probarlos, que te hacían pasar a un nivel superior, que te llevaban al éxtasis, empleando productos dentro de la legalidad. La buena mujer los obsequiaba a los amigos que acudían a su casa pero la suerte (la mala) hizo que nunca hubiera cuando iba yo (bueno, son seis hermanos, era normal). Poco a poco, los crepes de la madre de Ricardo, pasaron a formar parte de la mitología gastronómica, junto al bocadillo de txistorra frita que no repite y la cazuela interminable de cangrejos con tomate.
Pero el sábado, ese mito, cayó.
Ricardo, Rober, Joselu y yo, quedamos para comer, charlar, ver los cambios que Ri ha hecho en su casa y, en fin, para hacer esas cosas que hacen los amigos de toda la vida: construir una burbuja temporal aislada de las preocupaciones del día a día. 
Y allí estaban, rellenos de crema y chocolate, de chocolate y crema, plegados en forma de cuadrante, blancos y dorados. Comimos cuatro, un círculo perfecto, a semejanza de las cinturas de varios de los presentes. Terminó el mito de los crepes de la madre de Ricardo para entrar, de pleno derecho, en el Olimpo de los platos únicos e irrepetibles.
PD: Gracias, Ricardo, gracias a tu madre.
PD2: Cuatro, cada uno.
miércoles 30 de noviembre de 2011
Mitos.
Etiquetas:
Cajón de sastre
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8 comentarios:
No tendrá a bien, Pitxardo, prepararnos algunos para el viernes...
¡Pues yo sólo me comí tres!
Tú porque luces cinturita de avispa.
Joderjoderjoder (babeante), hay que cultivar más estas amistades.
jeje bueno como me hubiera gustado probar crepes de la madre de Ricardo, se ven re ricos :)
eresfea, estoy contigo. Conozco a otro que coge hongos.
Creo que pensamos en el mismo, Sergio, ése que respeta escrupulosamente las normas dictadas por la Santísima Diputación Foral de Gipuzkoa.
Y de la navarra, y de la navarra.
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