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sábado, 20 de agosto de 2011

El vivac (el santo vergonzoso).

Llevábamos dos o tres partidas de cartas cuando el viento empezó a rolar. Y con él, vino la niebla. A cada ráfaga, se desgajaban jirones de nubes y la visibilidad se hacía más difícil. Decidí no esperar más y montamos la tienda. Si la temperatura empezaba a bajar, seria mejor tenerla a mano y el saco preparado.



Sin embargo, desde la zona navarra también venía una brisa que, a ratos, despejaba el aire. Si el viento soplaba del Goierri, la niebla lo cubría todo; si venía del sur, veíamos el cielo azul. Desde nuestro refugio, contemplábamos la pelea. Aún no habíamos cenado, y la perspectiva de salir a prepararla y comer fuera no era muy halagüeña. La tienda es de tipo tubo, con lo que yo sólo puedo estar tumbado; Asier lo tenía algo mejor.

Cuando llegó el ocaso, el viento navarro venció y las nubes se retiraron al valle.



Durante todo el día, no habíamos tenido cobertura, pero desde nuestro campamento (y subidos a una piedra), conseguimos establecer comunicación con el campo base. Asier se puso al teléfono; yo acerqué la oreja.

_¡Hombre, por fin! - oí decir a la madre preocupada. ¿Ya habéis cenado? ¿Qué tal tiempo hace? ¿Tenéis agua suficiente?
_Ama.- dijo Asier.
_Díme, Asier.
_Ama, ¡esto sí que es vida!

Terminamos pronto de cenar, nos metimos en los sacos y contamos historias y cuentos hasta quedar dormidos.



Teníamos la tienda orientada en dirección a la lluvia de estrellas y puse el despertador a las tres de la mañana. Poco antes de la hora, me desperté y salí a gatas. La luna lo iluminaba todo, pero en el cielo había nubes altas. Entre la una y las otras, era imposible ver ninguna estrella fugaz. Volví al calor y puse el despertador a las cinco. Asier seguía dormido.

Nuevamente me desperté antes de la hora. Esta vez no salí. Me limité a asomarme para comprobar que el santo tenía vergüenza y no quería que le vieran llorar.

Cuando empezó a clarear, nos levantamos y recogimos la tienda, dejando todo como lo encontramos.Desayunamos tranquilos.

Pronto nos pusimos en marcha y desanduvimos el camino del día anterior. Nos cruzamos con una chica que se entrenaba para las carreras de montaña. Al correr, su mochila sonaba a piedras.

En Lekunberri paramos en la panadería Galburu y cogimos una hogaza y unas rosquillas como recuerdo.

PD: Padre, hijo, hogaza y rosquillas fueron bien recibidos al llegar a casa.

5 comentarios:

iK dijo...

Fantástico.
Zorionak.

Iñaki.

Sergio dijo...

Me da que uno ya está preparando su vivac (je, je).

iK dijo...

Pues sí. El domingo intentamos (otra renuncia) el Gorbeia desde Zarate (¡precioso!), y me da que es una ruta ideal para tal fin...
Iñaki.

J M C dijo...

Hacía tiempo que no me asomaba y me ha encantado poder leer de un tirón todas las entregas. Qué buen plan. Supongo que tu hijo lo recordará siempre.

Sergio dijo...

Cuando rememoramos nuestra infancia, contamos con los dedos el número de nuestros recuerdos. Sí, me gustaría que este fuera uno de ellos.